Nunca está demás repetir que Guatemala es una sociedad cuyas desigualdades cruzan sus cuatro puntos cardinales y abarcan las arterias de todas sus generaciones.
Cuando los jóvenes ingresan al mundo del trabajo, se cristalizan las desigualdades en su destino. No únicamente por la condición étnica y social de muchos, sino porque los que elijen carreras sociales y humanas quedan desplazados por el mercado. Hoy, para un humanista es muy difícil encontrar empleo.
En esta época de crisis, nuevamente se demuestra que la estricta educación para el mercado corre alto riesgo de desembocar en un individualismo despiadado; ahí en donde la solidaridad no encuentra cabida y todo se resume a ventajas personales (que no comprenden la importancia de los colectivos).
Lamentablemente, hasta los estudios se miden por su rentabilidad y muchas universidades van en la vía de suprimir cursos como realidad nacional, historia, sociología o antropología. Comúnmente se escucha decir: “¿Letras y Filosofía? ¡Y cómo vas a sobrevivir!”.
Así, la espada del mercado se levanta para descabezar las humanidades y todo aquello que no conduzca a la “empleabilidad”.
En Guatemala, cada vez se hace más evidente la necesidad de desarrollar destrezas compatibles con la formación humanista. La crisis económica y de violencia que vivimos ha demostrado que es fundamental reforzar la ética en toda formación educativa y eso únicamente las humanidades pueden ofrecerlo. El humanismo es partidario de los derechos humanos, los derechos a la diferencia, la conservación del medio ambiente, la igualdad de género, la justicia social, la democracia y la interculturalidad. Fomentando el pensamiento crítico, claro. Las decisiones sobre el bien y el mal no debían referirse al individuo únicamente, sino al bienestar colectivo. Y, efectivamente, el humanismo está destinado a restaurar las disciplinas que ayuden a un mejor conocimiento basado en el bien común. En pocas palabras, en todos los espacios necesitamos profesionales sociales, pensadores, y no únicamente aquellos preparados para el mercado.
Son los humanistas quienes construyen las ideas de pertinencia, solidaridad, colectividad, transparencia, democracia y responsabilidad social. Es posible que la cultura de paz no sea rentable para el mercado, pero sí lo es para la conservación de la humanidad. Esto último también nos urge. ¡Vaya si no!
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