El antropólogo francés Claude Lévi-Strauss y el literato español Francisco Ayala, ambos leyendas de las letras del siglo XX, mueren en París y Madrid.
Nacido en Bruselas en 1908 e hijo de padres judeo-franceses, Lévi-Strauss fue uno de los intelectuales más influyentes y conocidos del siglo pasado en las ciencias sociales. La madrugada del pasado domingo falleció en París, después de dedicar gran parte de su vida a explicar el mundo desde la antropología y la filosofía y a punto de cumplir los 101 años.
El escritor explicó, en un libro creado por una alumna suya, Catherine Clement, cómo se introdujo en el mundo de la antropología. “Nació de un telefonazo. Marcel Mauss y su equipo reclutaban entre los licenciados en filosofía a gente que quisiera trabajar en el recién creado departamento de etnografía, una ciencia que acababa de adquirir rango universitario y que hasta entonces había dependido de misioneros y administradores coloniales. Yo hacía sólo dos años que ejercía como profesor de filosofía, en Mont-de-Marsan y en Laon, en 1932 y 1933. El primer año es apasionante, tienes que construirte todo un programa, pero los cursos siguientes te limitas a retocarlo. Estaba claro que no era eso lo que iba a dar sentido a mi vida. Tenía ganas de descubrir el mundo. Y de ahí que aceptase un puesto en la Universidad de São Paulo y comenzase mis viajes de etnólogo”.
En su obra más conocida, Tristes trópicos, Lévi-Strauss recogía sus experiencias vividas entre 1935 y 1939 con las tribus del Mato-Grosso, en Brasil, experiencia que le marcó vital y profesionalmente durante toda su vida y tras la cual escribió aseveraciones tan contundentes como “la humanidad se instala en la monocultura; se dispone a producir civilización en masa, como cultiva la remolacha”.
Si en Tristes trópicos había realizado un trabajo de campo, el resto de su ingente carrera se dedicó más a un trabajo teórico, siendo uno de los padres del estructuralismo en el campo de la antropología, aplicando, a grandes rasgos, los fundamentos del estructuralismo lingüístico de Saussure. Sin embargo, Lévi-Strauss mantenía una distancia radical con otros representantes de esta escuela. “Los únicos estructuralistas al lado de los cuales acepto figurar son Émile Benveniste y Georges Dumezil”, dijo.
El antropólogo es autor también de obras como La vida familiar y social de los indios Nambikwara, Las estructuras elementales de parentesco, El pensamiento Salvaje y Lo crudo y lo cocido.
Tanto Lévi-Strauss como Francisco Ayala tuvieron que emigrar en algún momento de sus vidas hacia el exilio, el primero por motivos político-religiosos y el segundo obligado por la situación tras la Guerra Civil Española (1936-1939).
Debido a su origen judío, Lévi-Strauss decidió abandonar en 1941 la Francia de Vichy, y exiliarse en Nueva York. A su regreso en 1949, trabajó en el College de France hasta su jubilación en 1982.
Por su parte, el novelista y ensayista español Francisco Ayala, que murió ayer a los 103 años, emigró a Puerto Rico, Estados Unidos y Buenos Aires, donde pudo retomar su pasión: la escritura, a pesar de que en 2005, al recibir uno de los múltiples premios que le otorgaron a lo largo de su larga vida, aseguró que nunca fue un escritor profesional: “En el sentido de convertir en modus vivendi el fruto económico de mi creación literaria. Nunca me he valido de los servicios, al parecer sumamente útiles, de algún agente”.
Sin embargo, se trata de uno de los grandes testigos de la literatura española del siglo XX y el último superviviente de la Generación del 27, un grupo de jóvenes poetas, narradores, músicos y artistas plásticos de ideas vanguardistas.
Nacido en Granada en 1906, fue miembro de la Real Academia Española desde 1984 y entre sus numerosas distinciones se encuentran el Premio Cervantes en 1991, el Premio Príncipe de Asturias, el Premio de la Crítica en 1972, el Premio Nacional de Narrativa en 1983 y el Premio de las Letras Españolas y Andaluzas en 1988 y 1990.
Hace un par de años, el escritor se refería a su longevidad y a su larga carrera profesional, que fue de la mano de la historia de la literatura española del siglo pasado: “He escrito demasiado porque he vivido demasiado y además lo he hecho intensamente”. Lo cierto es que así ha sido a juzgar por la gran cantidad de títulos a sus espaldas. La cabeza del cordero, Muertes de perro, El jardín de las delicias o La invención del Quijote ocupan ya un lugar de honor en la historia de la literatura. Un lugar en el que sus memorias, recuerdos y olvidos, tienen su propio espacio dentro del género autobiográfico.
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