Las familias también deben ocuparse de la educación sexual.
En la consola de entrada de mi casa, ahí prometía yo que habría una bombonera llena de condones para mis hijos adolescentes. Tengo un amigo que no se cansa de recordarme cuán poco he cumplido mis ofrecimientos.
Así es: ahora que soy madre, mis bocanadas de juventud se han hecho humo. La anécdota viene al caso porque el debate en torno a la Ley de Planificación Familiar ofrece la oportunidad de reflexionar en torno a los matices que plantea el tema.
Es una buena noticia que el Ministerio de Salud haya aprobado el reglamento de la Ley de Planificación Familiar. En un país donde van en aumento los embarazos en adolescentes y se han atendido casi 25 mil partos de niñas menores de 20 años en los primeros ochos meses del año, resulta obvio que las autoridades sanitarias y educativas tienen una ardua tarea por delante. También es cierto que el cardenal Rodolfo Quezada se expone al proclamar que todos los métodos anticonceptivos son “porquerías”.
Ahora bien, mucho se ha hablado en los últimos días acerca del rol que deben jugar el Estado y la Iglesia en este asunto, pero poco se ha dicho respecto a la responsabilidad que corresponde a los padres de familia, quienes son los primeros educadores de sus hijos y quienes, de manera consciente o no, moldean las actitudes y los valores de los niños y jóvenes en el nivel más profundo.
En mi familia –que no es para nada el modelo del hogar ultra conservador– mis papás se lavaron las manos en materia de educación sexual, le pasaron la chibolita al colegio y no se habló jamás del tema de forma seria. Habría que confirmarlo con un estudio científico, pero tengo la impresión de que esa sigue siendo la norma en la mayoría de hogares guatemaltecos. Las familias prefieren no abordar el tema de la sexualidad y eso no se vale: los padres no pueden desentenderse de un tema tan crucial.
La niñez y la juventud de hoy se encuentran bajo un bombardeo constante de sexo. En el internet están a un par de clicks de cualquier sitio de pornografía dura. Y basta con que enciendan la televisión –casi a cualquier hora– y pueden enfrentarse, con suerte, con una pareja en plena faena, o eventualmente con jolgorios bastante menos ortodoxos. La educación sexual que impartan padres y escuelas debe servir para que niños y jóvenes tengan información precisa, en el momento oportuno (usualmente más temprano de lo que uno cree), que les permita formarse un criterio y tomar decisiones inteligentes, responsables y ojo, también correctas.
En la declaración de la UNESCO “La Educación es un Tesoro”, se enumeran los grandes objetivos de la educación: enseñar a conocer, enseñar a hacer y enseñar a ser. De estos tres, los primeros dos –la transmisión de conocimientos y destrezas– son los que más se prestan a delegarse a la escuela y otras instituciones. Pero en el tercero, los padres, quieran o no, son el modelo y los referentes.
El sexo no es una actividad fisiológica neutra, como respirar. Es intrínsicamente humano otorgarle valor y significado al sexo. La escuela debe apoyar a las familias en esa tarea, proporcionando en un primer momento los conocimientos anatómicos y biológicos apropiados y, luego, instruyendo sobre las consecuencias y los riesgos de la actividad sexual, así como todas las opciones para evitarlos, desde la abstinencia hasta el condón.
Ahora, qué les conviene más a los niños y jóvenes, vivir la vida loca o saber esperar, esa educación nos toca principalmente a nosotros los padres y la debemos asumir desde mucho antes de la adolescencia. En mi caso, yo quiero que mis hijos se conviertan en adultos sanos y responsables, capaces de amar y forjar una relación de pareja plena, al tiempo que valoren y disfruten del sexo en su justa dimensión.
Para eso hay que informar, pero sobre todo hay que formar. Si pusiera la bombonera, seguramente tendría la casa más popular de la secundaria. Pero yo no quiero ser Miss Simpatía para mis hijos o sus amigos. En la entrada lo que hay es un frutero y siempre insisto que no es de adorno. Vea www.dinafernandez.com
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