Cuando finalmente conocí el Muro estaba reducido a una extensa cicatriz sobre el asfalto. Quedé decepcionado de su delgadez: era apenas dos filas de ladrillos que corrían en paralelo. Las líneas blancas de los carriles de la moderna avenida que lo atraviesa, eran igual de anchas. Los muros conventuales de Antigua son más imponentes. Salvo por el material, imagino que no fue muy diferente al que vi el año pasado en Mexicali, un muro edificado esta vez para contener las corrientes de emigrantes latinos hacia EE.UU.
La comparación física salta, sobre todo, cuando las edificaciones no tienen correspondencia con su significado histórico. Al cabo son símbolos que agitaron universalmente conciencias y alteraron, a veces trágicamente, la vida de tantas familias, incluso en países remotos como el nuestro. Por lo que el muro de Berlín marcó al menos en tres generaciones, lo que representó en la geopolítica y los cambios globales que acarreó tras su caída –hace justamente 20 años– esperaba toparme con una Muralla China, con dimensiones visibles, como una huella alargada sobre la Tierra, a miles de kilómetros desde el espacio.
Acá el Muro se percibió desde la bipolaridad ideológica de la época. Dividía dos sistemas y, artificialmente, a una sociedad de tronco común. El Muro simbolizaba encierro. Y sin embargo los rebeldes del Tercer Mundo, quienes peleaban contra dictaduras, opresión y el apartheid buscaban allí, detrás de la cortina de hierro, un abrevadero de libertad.
Esa contradicción no es fácil de explicar a quienes nacieron sin Guerra Fría. Mi manera de hacerlo es con la historia del poeta Otto René Castillo, un espíritu rebelde y luminoso de los agitados años sesenta, abrazado por la intensidad de los ideales, dispuesto al sacrificio total. Otto René fue quemado vivo en un foso tras ser capturado por los militares; su compromiso comunista lo llevó a alzarse en armas reclamando libertad. Recién había vuelto de Berlín Oriental donde dejó un hijo, el mismo que 20 años después estaba fichado por los servicios secretos como disidente activo contra el régimen comunista.
En esta historia no hay contradicción genética ni desencuentro generacional. Allí anida el mismo espíritu rebelde y la causa infinita de la libertad. Reniego de lo que decían mis abuelos con regaño. Los jóvenes no nacen cansados. Son escépticos, narcisistas y desosegados, hasta que enganchan su causa. Entonces derrochan generosidad sin límite.
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