A fuerza de tantos años de costumbre, el presidente Alvaro Colom no logra dejar de ser un candidato en campaña. Por eso, reclama para su partido y no para su país los méritos que, según él, ha alcanzado al administrar los fondos con los que contribuimos todos. Además, insiste en atribuirse sólo para él las acciones que a partir de su conducción se ejecutan en Guatemala.
La gestión que él administra neciamente se hace llamar gobierno de Álvaro Colom y no gobierno de Guatemala. ¿Acaso no es esta una muestra de su incapacidad de asumir la responsabilidad que le compete, y el mérito además, de ser el representante de todos y no sólo de quienes por él votaron?
El presidente Colom insiste en no proyectarse a sí mismo como el líder de la unidad nacional, sino como el dirigente de un partido, que a fuerza de grandes trabajos y dolorosas concesiones, logró alcanzar el sitio por el que luchó por más de 10 años. Y no cesa de representar el papel del candidato de oposición; 20 meses después de alcanzar el poder, aún le atribuye a su antecesor la responsabilidad de cuanta dificultad enfrenta. Como si los votantes hubieran elegido a alguien para que señalara a culpables y no para que asumiera la responsabilidad de encontrar soluciones. Parece que Colom no le perdona a los votantes la derrota electoral de 2003 y también parece que detrás de cada dificultad en su trabajo, teme la presencia de quienes le impidieron alcanzar antes el cargo que tanto anhelaba.
El Presidente se ve y se refleja a sí mismo como una constante víctima. Le disgusta que se subraye en la prensa el surgimiento de la cianobacteria en el lago de Atitlán y se atreve a sugerir que hay una especie de complot para afectar su imagen detrás del florecimiento del alga. Le molesta que se hable de la muerte incesante de pilotos de buses y no duda en afirmar que la violencia se ha estabilizado a la módica tasa de 17 muertos por día.
El Presidente podría en cambio beneficiarse y por tanto beneficiarnos a todos si decidiera convertirse en un hombre de Estado y no sólo en el líder de un partido tan inocuo y efímero como todos los de la historia de Guatemala.
Álvaro Colom podría hoy llamar a la unidad nacional y dejar de negociar sólo con unos cuantos y mezquinos aliados –dispuestos a vender caro o barato– los intereses del país.
El Presidente podría sentar a su mesa a la oposición, representada por quienes se creen llamados a gobernar Guatemala después que él concluya su mandato.
A nadie más que a Otto Pérez Molina del Partido Patriota le conviene lograr un mejor financiamiento para el Estado. A lo mejor la propuesta de reforma fiscal del gobierno de Colom podría ser apoyada por los opositores si el Presidente concediera lo que la oposición le reclama, que deje de ver exclusivamente como un patrimonio clientelar de su partido los programas de combate a la pobreza y los convierta de manera firme en políticas públicas apoyadas, incluso, por sus adversarios. Para eso se necesita hacerlos transparentes. Pero esto requeriría que fructificara en peras el olmo ya cansado.
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