“Recorre todas las tribus de Israel, desde Dan hasta Berseba, y hagan el censo del pueblo, para que yo sepa el número de la población”, 2 Sam 24.2.
La cita alude a uno de los censos mencionados en la Biblia. Ni el primero ni el último. Contar personas es una actividad antigua, muy arraigada y hasta controversial. Las tiendas, los cantantes populares, los parques, los partidos políticos y hasta las organizaciones religiosas gozan afirmando que un mayor número de personas los visitan a ellos y no a otras opciones. Para algunas iglesias se trata de un tema tan sensible que se rehúsan a presentar datos de afiliación. La importancia que le da la humanidad al conteo de personas ha llevado al desarrollo de tecnologías específicas. Entradas numeradas, carnés, torniquetes, mecanismos de radiación infrarroja y hasta computadoras que utilizan inteligencia artificial determinan el número de personas en un lugar para satisfacer nuestra curiosidad de saber dónde hay más personas.
En el caso de los Estados las razones para contar e identificar personas son sumamente variadas. En este sentido, entre las muchas necesidades del Estado está el emitir documentos de identificación, documentos de viaje, permisos para manejar vehículos, identificaciones fiscales, registros laborales y electorales. Para complicar más el panorama, el aparato estatal necesita también conteos agregados de personas para asignar transferencias monetarias, determinar el número de representantes en el Congreso, número de miembros en las corporaciones municipales entre otras actividades.
El más reciente intento de poner orden a esta selva de números es el Documento Personal de Identificación (DPI) que ha empezado a emitir el Renap. Este documento reviste especial importancia para los asuntos relacionados a elecciones y en particular a las encuestas electorales. Su modelo similar en El Salvador significó cambios importantes en la distribución de ciudadanos, dolores de cabeza y cambios de última hora para los especialistas en elaboración de encuestas. Antes de la llegada del DUI (la versión salvadoreña del DPI) los departamentos de Chalatenango y San Miguel tenían una importancia mucho menor a la que presentan ahora en las elecciones y, por supuesto, en los sondeos.
En Guatemala, las encuestas preelectorales utilizan diversas combinaciones de datos del padrón electoral y proyecciones del censo para calcular las muestras. La aparición del DPI trae nuevas y variadas preguntas: ¿cómo van a votar los ciudadanos que cuenten con DPI pero no con cédula de vecindad? ¿Será necesario algún trámite para trasladar la información de empadronamiento de la cédula al DPI? ¿Cómo serán agregados al padrón los ciudadanos que sólo cuenten con DPI? ¿Dónde deben contabilizarse para propósitos de muestra? ¿Qué controles se implementarán para saber qué personas ya votaron? De entrada podemos anticipar que la solución de esta última pregunta será de alta tecnología, pues el DPI no puede ser sellado en cada elección.
Estas preguntas deberán aclararse en el próximo año y medio. De pronto, sabemos que los encuestadores, los funcionarios del TSE y los políticos enfrentarán nuevos retos ante la poca familiaridad de este nuevo sistema de contar personas.
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