En cualquier ciudad es cada vez más común la aparición de “hoteles para parejas”. Los hay de muchos tipos, con variada oferta en gustos y opciones económicas: desde modestos hasta fastuosos. Todos ofrecen lo mismo: habitaciones para el disfrute íntimo de la pareja. Incluso en pueblos de provincia aparecen cada vez más, a veces con tanto lujo como en las capitales. Se los puede alquilar por lapsos cortos –una hora– hasta para toda una noche, incluyendo el desayuno a la mañana siguiente.
Se utilizan para encuentros de parejas que habitualmente no conviven (novios, amantes, sexoservidoras con clientes). Al estar rodeados de esa aureola de transgresión, nadie quiere ser visto cuando entra o sale y no hay que dar los datos para alquilar un cuarto como en los hoteles. Sin dudas respetan a cabalidad la equidad de género, porque son visitados en igual proporción por hombres y mujeres.
Es uno de los negocios que más crece; continuamente se abren nuevos moteles, y siempre, a toda hora, están llenos (muchas veces hay que hacer fila para ingresar).
¿Qué nos dice esta proliferación continua de moteles? No sólo que nos gusta mucho hacer el amor. Eso no es novedad. Siempre se hizo, con o sin moteles. En todo caso muestra que las parejas “oficiales”, las parejas “bien constituidas”, el modelo de institución matrimonial asumido como normal, hace agua. ¿Cuántos de los que leen este artículo, varón o mujer, no han ido alguna vez a un motel en situación de transgresión, haciendo “travesuras”? Todo esto lleva a replantear una cuestión de fondo: ¿cómo es esto de la “fidelidad conyugal”? ¿Existe? ¿Puede tomársela en serio?
Nos es difícil mantener las promesas (la historia de la humanidad es una continua sucesión de promesas no cumplidas), y al mismo tiempo nos seduce la transgresión. Si no, no sería necesario buscar algo por fuera de la relación oficial. ¿Qué otra cosa nos llevaría a olvidar tan repetidamente las promesas de amor para con nuestra pareja?
El discurso “oficial” –siempre engañoso– condena la infidelidad conyugal al tiempo que sabe que eso hace parte de la cotidiana dinámica normal (quienes más visitan los moteles son adultos casados, varones y mujeres, y no con sus cónyuges).
No se trata de abrir condenas sino entender la condición humana. El amor eterno… dura poco; el deseo es siempre deseo de otra cosa… y no hay objeto que lo colme.
¿Se puede evitar la “travesura”? ¿Puede terminarse con la transgresión? El crecimiento de estos moteles parece dar la respuesta.
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