El presidente colombiano Álvaro Uribe ha de estar pegando brincos de contento luego de la última bravuconada de su homólogo venezolano Hugo Chávez.
El pasado domingo, en su habitual emisión de Aló Presidente, el señor de la boina roja tuvo la peculiar ocurrencia de pedirle a sus compatriotas, especialmente a los militares, que se preparen “para la guerra”.
Las declaraciones de Chávez provocaron ya una serie de temblores diplomáticos, desde las airadas protestas de la Cancillería colombiana en la OEA, hasta la primera muestra de impaciencia de Washington, que calificó de “irresponsable” al inquilino del Palacio de Miraflores.
Paradójicamente, este nuevo ataque verbal también puede facilitarle la vida al presidente Uribe, a quien Chávez anunció que no piensa volver a abrazar en su vida.
Los pongo en autos. Dos días antes de que Chávez llamara a “defender a la patria”, una encuesta de la empresa Ivamer Gallup mostró que la popularidad de Uribe había caído 6 puntos. En agosto de este año, 70 por ciento de los colombianos aprobaba su gestión, sólo el 64 por ciento le da el visto bueno.
Las cifras del gobernante colombiano podrán darle envidia a muchos gobernantes de la región, sobre todo a aquellos que se encuentran en la recta final del mandato y se han convertido en villanos insignes para sus pueblos. Sin embargo, esa baja de seis puntos de popularidad es la más pronunciada que ha experimentado Uribe en los últimos siete años.
Y el asunto no termina ahí. La encuesta reflejó asimismo una baja entre el porcentaje de colombianos que estaba dispuesto a votar en un eventual referendo que le permitiría a Uribe optar a un tercer mandato presidencial. Si antes el 58 por ciento de los colombianos pensaba participar en una consulta, ahora esa cantidad ha disminuido al 52 por ciento.
Recientemente varios funcionarios de Uribe, como el ministro de Agricultura, Andrés Fernández, se han visto contra las cuerdas, acusados de corrupción. Estos escándalos obviamente le han clavado la espinita de la duda a los colombianos. Ante la evidencia, algunos de ellos empiezan a dudar si eso de perpetuarse en el poder no acaba siempre por relajar los escrúpulos de los gobernantes y a darles un empujoncito para caer en tentación.
En esas circunstancias, me imagino que los simpatizantes de Uribe habrán escuchado como música celestial los vituperios de Chávez. Ahora mismo han de estar felices como enanos, mandando encuestadores a las calles para verificar si hubo un cambio de percepciones en el público.
Y conociendo cómo funcionan los vuelcos de opinión pública, no me extrañaría nada que la gente en Colombia, asustada, les respondiera a los miembros del Partido Liberal exactamente lo que quieren escuchar: que sí apoyan la reelección, pues no pueden prescindir de papá Uribe mientras ese loco de atar siga suelto en Venezuela.
Y como ese loco de tonto no tiene un pelo, la jugada a él también le queda perfecta, tanto en el frente interno como en el internacional. Igual que Uribe, Chávez ha sufrido una merma de popularidad en los últimos meses, debido a la difícil situación económica de Venezuela, donde la inflación supera el 30 por ciento y donde se están racionando los servicios básicos como la luz y el agua.
En estos momentos, apelar al nacionalismo y la lucha contra los “pitiyanquis”, al estilo cubano, le queda como anillo al dedo a Hugo Chávez. Y que Uribe se ponga necio con el asunto de la reelección e intente perpetuarse en el poder, lo beneficia aún más: así no es el único en pisotear los incipientes principios democráticos vigentes en Latinoamérica.
Está claro entonces: Uribe y Chávez se necesitan uno al otro, como esas parejas codependientes que viven macaneándose un día sí y el otro también, pero no pueden separarse porque sin ese pleito vital, su vida pierde sentido.
Pobre el continente que deberá sufrir las consecuencias del mal ejemplo de ambos. En los dos extremos del espectro ideológico hay quienes se mueren de las ganas por seguir los pasos de Uribe o de Chávez. En los cómos hay matices con los cuales se puede estar de acuerdo o no, pero el peligro de caer en tiranías de ingrata recordación está presente en ambos modelos.
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