¿Qué es a estas alturas lo más importante?
La crisis política en Honduras sigue prolongándose sin llegar a un desenlace final satisfactorio para ambas partes– aunque la puerta aún continúa abierta para proseguir las negociaciones– pero ahora sí se empieza a ver la luz al final del túnel.¿Qué ha sucedido desde el 28 de junio pasado a esta parte? ¿Por qué no han rendido frutos el diálogo y la negociación política a pesar de la mediación regional y de los esfuerzos diplomáticos sostenidos? Pienso que para entender mejor la situación es necesario recapitular brevemente las principales etapas que se han recorrido en este proceso, para intentar con objetividad analizar las razones por las cuales no se ha producido un acuerdo definitivo. Hay que recordar que el origen del problema deviene del empecinamiento de Mel Zelaya por llevar a cabo una consulta popular –no era una encuesta como afirmó después– que según su criterio le abriría las puertas para su reelección presidencial a pesar de la prohibición expresa contenida en la Constitución de Honduras y de los dictámenes y opiniones contrarias vertidas por el Tribunal Supremo Electoral, la Corte Suprema de Justicia, la Fiscalía, el Congreso, el Comisionado de los Derechos Humanos, entre otros; así como también por la mayoría de los sectores políticos, –incluyendo su propio partido– de la sociedad civil, empresarial, religioso, etcétera. Ignorando lo anterior, convocó a la consulta popular y distribuyó las papeletas correspondientes impresas por cierto en Venezuela. Ante estos hechos Zelaya fue detenido y expulsado del país y llevado a Costa Rica por elementos del Ejército que supuestamente cumplieron una orden de destitución emanada de la Corte Suprema de Justicia y, posteriormente, el Congreso eligió formalmente como su sustituto a Roberto Micheletti. Antes de que ocurrieran estos sucesos el Tribunal Supremo Electoral ya había convocado para las elecciones generales a celebrarse el 29 de noviembre y también los principales partidos políticos habían escogido a sus candidatos por medio de las llamadas primarias que fueron debidamente monitoreadas. Es decir, que el proceso electoral estaba en marcha y debidamente legitimado. Sin duda se puede afirmar que el caso de Honduras es –sui generis– y no responde al modelo de los tradicionales golpes militares del pasado. Es cierto que se produjo una acción militar pero las fuerzas armadas hondureñas no se hicieron del poder político para sí sino se concretaron a dar su respaldo al nuevo gobierno civil producto de una elección del Congreso, Organismo del Estado producto de una elección popular y por ende legítimo y representativo, que por abrumadora mayoría eligió al nuevo presidente. Es cierto que se dan interpretaciones jurídicas y políticas diferentes y encontradas y el debate persiste sobre cuál de las partes tiene la razón, pero la realidad nos indica que el gobierno interino ha venido funcionando con bastante normalidad a pesar de la condena internacional y de las sanciones económicas y políticas que se le han impuesto. El Acuerdo de San José propuesto por el presidente Arias, la mediación de la OEA y el Acuerdo Tegucigalpa-San José recién firmado por las Comisiones nombradas por Micheletti y Zelaya no han logrado desentrampar las cosas como se anticipaba. El meollo del problema sigue siendo la restitución de Mel Zelaya en la presidencia de Honduras y esto no parece que pueda resolverse de inmediato ya que el Acuerdo “Guaymuras” se presta a interpretaciones diversas por la ambigüedad de su redacción. La conformación de un gobierno de unidad no es problema y prácticamente ha sido aceptado por las partes, pero la restitución de Zelaya depende del Congreso al que no se le puede imponer una decisión política ni exigirle que se pronuncie en determinado plazo y tampoco se le puede impedir que consulte y pida opinión a la Corte Suprema de Justicia, a la Fiscalía o al Comisionado de Derechos Humanos. Entre tanto el tiempo avanza y las elecciones del 29 de noviembre están a tan sólo dos semanas y la campaña electoral está en la recta final. Entonces, ¿qué es a estas alturas lo más importante? ¿Las elecciones generales en donde se elija presidente, diputados y corporaciones municipales o la restitución de Zelaya? ¿Por qué no permitir que el pueblo hondureño pueda expresarse en las urnas y reconocer como corresponde la soberanía del mismo? Las elecciones son ahora determinantes para el futuro de la democracia en Honduras y para el retorno efectivo al Estado de Derecho. Ojalá así lo entienda y lo comprenda la Comunidad Internacional. Quien sea electo presidente de Honduras tiene una enorme tarea por delante: la reconciliación nacional para asegurar la paz y la armonía de ese querido pueblo.
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