Las oligarquías rara vez se traicionan. Su capacidad de conservar el poder (el statu quo) se basa en identificar precozmente la amenaza y proyectarla a los peores escenarios. En consecuencia, montan la estrategia con infranqueable disciplina.
Los medios pueden ser tan amplios como los fines lo demanden. Es la práctica consuetudinaria; sería redundante visitar los textos florentinos de hace 500 años. A lo sumo se convoca a ciertos asesores foráneos, quienes confirmarán intuiciones, a la vez que informan acerca de los actores que constituyen amenazas reales y de sus lógicas contemporáneas. Importante: pondrán en contacto a aliados y simpatizantes en las propias potencias. Así, en la emergencia, se articula una suerte de logia transnacional.
Trabajan por medio de un esquema de círculos concéntricos, como la organización de ejércitos en guerra; con altos mandos, discretos, casi clandestinos; con cadenas operativas, cuerpos especializados de inteligencia, propaganda y diplomacia. Al círculo cerrado del mando apenas se asoman ciertos operadores eficientes, de una entrega digna de la causa; ultramontanos que arengan con inflamación sorprendente. Papistas de corazón.
Una vez montadas tras su objetivo, son implacables. Resisten el acoso y tras vencer su miedo saben reaccionar. A veces fallan al medir los límites de su propio poder o las formas (burdas) de aplicarlo, debido a un encierro necesario, o sea, a la fascinación de contemplar su ombligo. Pero la decisión de castigar ejemplarmente, hasta la humillación, a quien osó desafiarles, desvanece aquella nimiedad.
Por eso, a pesar de los años que han transformado tan radicalmente los paisajes urbanos y rurales; de las modas de la globalización (democracia, medio ambiente, derechos humanos, derechos indígenas, igualdad de género); de las evoluciones sorprendentes en las formas de hacer negocios y de la magia de la tecnología aplicada igual al ocio y al negocio, mantienen la marca de oligarquía soberana y nacionalista. Su destino es gobernar y ser responsables de la sociedad y sus bienes. Es su deber preservar los valores que anidaron en el florecimiento de su prosperidad, como también lo es combatir a políticos nefastos, traidores y corruptos, y a los portadores de ideas exóticas infiltrados en las instituciones –aun las más nobles–. Los culpables verdaderos de la miseria y desorientación del pueblo. Lobos con piel de ovejas que medran de “nuestros” males.
Nota. Si esta descripción evoca capítulos de la telenovela hondureña transmitida en todos los horarios por CNN en español, no es casualidad.
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