La caída del Muro de Berlín hace 20 años atrás marcó un hito fundamental para Alemania y Europa entera: la esperada reunificación del continente en torno a los principios de la democracia y el respeto a los derechos humanos. Muchos quisieron además interpretar este terremoto político como un éxito del capitalismo de libre mercado. Pero 19 años después, en 2008, la utopía de un capitalismo que funciona a partir de mercados en piloto automático también se derrumbó estrepitosamente cuando hizo crisis el sistema financiero mundial representado por la Calle del Muro (Wall Street).
Con el derrumbe tanto del Muro de Berlín como de la Calle del Muro, se evaporaron las dos grandes herencias ideológicas del siglo XIX: el socialismo y el liberalismo. Estas dos grandes utopías se enfrentaron en el siglo XIX fieramente, pero el siglo XX atestiguó un cambio paulatino al aparecer nuevas perspectivas políticas que cuestionaron la aparente insuperable contradicción entre democracia, capitalismo y bienestar social.
Las dos ideologías dominantes en Europa luego de la Segunda Guerra Mundial expresaron esta nueva perspectiva política: la democracia cristiana y la social democracia. Hoy, en los inicios del siglo XXI, estas dos ideologías se alzan exitosas frente al liberalismo y el socialismo decimonónicos, dado que han demostrado que es posible combinar libertad política, bienestar social y progreso económico.
Pero el fin de la historia no lo marcan ni la democracia cristiana ni la socialdemocracia. El desafío ambiental es algo que supera a ambas visiones ideológicas (las restricciones que impone el cambio climático al funcionamiento del capitalismo global superan al Estado nacional regulador del mercado). Lo mismo sucede con la existencia de un mundo globalizado donde conviven diversas culturas y tienen que aprender a desarrollarse en el marco de la diversidad (el Estado demócrata cristiano y social demócrata fue pensado para sociedades europeas bastante homogéneas culturalmente). Y una distribución más equitativa de los frutos del progreso global todavía es un concepto muy utópico para el cual demócrata-cristianos y social-demócratas no tienen respuesta (no conocemos aún qué instituciones y mecanismos operativos hay que establecer para garantizar dicha distribución equitativa en escala global).
Así que la rueda de la historia continuará porque lo único constante es el cambio. Derribaremos más muros y alzaremos otros en el camino. Hasta que se extinga la especie humana en la tierra, señalando, ahora sí, el verdadero final de la historia.
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