Como la cianobacteria en el lago de Atitlán, han florecido en los últimos días todo tipo de acciones y comentarios, cobro de conciencia ecológica y alegatos conservacionistas, en torno al daño que provocamos al medio ambiente. La mayoría de ellos cargados de señalamientos. Los dueños de chalets y los hoteles a orillas del lago, los primeros en ser apuntados. Los ha acusado el vicepresidente Espada, los ha señalado el presidente Colom que incluso ha amenazado con cerrar aquellos hoteles que incumplan con sus obligaciones ecológicas y los ha mencionado todo activista de la materia que se precie de no estar entregado a las fauces del ingrato capitalismo.
Ojalá que en verdad las autoridades públicas asuman, casi dos años después de llegar al cargo, sus obligaciones con todo rigor y revisen que cada construcción en la cuenca del Atitlán cumpla las normas mínimas, pero habrá que ver si el Presidente está dispuesto también a ordenar el cierre de una escuela carente de fosa séptica.
Poco se dice, porque resulta políticamente incorrecto y nada rentable en materia electoral, que son en su mayoría los pobladores más modestos de la zona quienes más fosfatos y nitratos han depositado en Atitlán y más han deforestado el área, provocando aludes que luego traen materia orgánica al lago. Sobre todo porque lo hacen de manera cotidiana y no ocasionalmente. Además de la obvia degradación que se produce al manejar de mala manera los desechos sólidos. Pero puesto que ahí no hay un poderoso al cual señalar, lo mejor es hacerse de la vista gorda.
Resulta mucho menos sexy hablar de la falta de conciencia ecológica de las personas comunes y corrientes, aunque sean estas las que más incidencia tengan y más efectos causen sobre la naturaleza.
Es cierto que apenas dos semanas después de conocido el desastre, el Ministerio de Medio Ambiente ha reaccionado y ha diseñado junto a la Autoridad de Manejo Sustentable del Lago y otras entidades un plan bastante completo para rescatar a ese cuerpo de agua. Pero también es cierto que el ministro Ferraté pasó casi dos años hablando de los más maravillosos objetivos que se proponía impulsar, a la vez que ignoraba asuntos fundamentales, por resultar más difíciles de acometer o por tratarse de acciones poco atractivas para el público al que se busca satisfacer. Ferraté habló hace mucho de la necesidad de evitar las derivas de fertilizantes hacia los cuerpos de agua porque estas propician el crecimiento desmedido de algas. ¿Y qué ha hecho al respecto? Muy poco hasta que surge el desastre. Hasta ahora se habla de prohibir la distribución de agroquímicos dañinos y del uso de jabones que contienen fosfatos. Esa debería haber sido una tarea prioritaria en la conducción del trabajo de Medio Ambiente.
¿Tendremos que esperar también el desastre en las Bocas del Polochic, o en el lago Petén Itzá para que el Ministerio aparezca con otra acción de rescate o se preocupe por coordinar acciones de prevención a partir de ahora?
La ecología, la defensa del medio ambiente, reducida a una mera actividad de la cual pueden obtenerse réditos políticos o de imagen, nos deja a las personas más confundidas y menos resueltas a actuar con diligencia para proteger el entorno. Las mineras, las hidroeléctricas, las areneras, la cementera, son todas actividades lucrativas a las cuales se dedica gran atención y se ejerce sobre ellas una vigilancia permanente. En cambio, los pequeños degradadores, los humanos comunes y corrientes, apenas somos tenidos en cuenta aunque destruyamos cuanto se encuentra a nuestro paso.
Los ecologistas tienen todo el derecho de elegir las batallas que quieran librar, y supongo que será más atractivo para ellos acometer aquellas que se dirigen contra enemigos portentosos. Las autoridades en cambio están obligadas a tratar el tema de una forma más completa.
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