En julio, escribí la columna “Santa Catarina Palopopó”; en la cual narraba –como testigo presencial– la debacle a la que se dirigía ¿nuestro? lago de Atitlán que recibe cantidades navegables de deyecciones, cada día… todas las semanas y meses… de cada año. Acoge también químicos y –juntando ambos fertilizantes– la hydrilla, inexistente –hace años– empezó a apoderarse de sus orillas… al extremo que quienes atienden los muelles, advierten a los lancheros colectivos y privados apagar el motor, para no enredar las hélices en esa plaga.
Pasar frente a Santa Catarina o San Pedro Palopopó, era ya –en julio– triste… cientos de metros antes de llegar a los –otrora– pintorescos pueblitos, se notaba la fétida mancha café que provenía –directamente– de miles de inodoros de residentes de esos lugares; lo mismo pasaba en San Pedro. Santiago, por el contrario, evidenciaba un esfuerzo plausible por revertir el daño ecológico y habiendo rehabilitado su planta de tratamiento, las cosas lucían mejor. Los alrededores de San Lucas Tolimán no evidenciaban tanto deterioro, aunque las aguas próximas al poblado ya dejaban ver la expansión de la hydrilla, así como a decenas de señoras lavando en sus orillas y muchas personas bañándose… todos ellos utilizando jabones contaminantes.
Lo peor –entonces– era asomarse por agua a Panajachel; en la desembocadura del río y unos 200 metros de cada lado, la pestilencia a heces fecales era vomitiva; las aguas se convertían en café e inclementemente, sin que al Alcalde del lugar, desarrolladores y hoteleros, les importara un comino, uno veía caer –directo a las aguas– miles de metros cúbicos de desechos. La “gran solución” para algunos “expertos” era entubar las aguas negras y sumergirlas 60 o más metros en el lago, pues aseguraban: “La temperatura fría de sus aguas… mataría cualquier bacteria”; vaya salvajada la de los “expertos” que mutaron a espectros.
El consuelo… de ilusos, de quienes no estaban próximos a las zonas más contaminadas, era que “su parte del lago” estaba limpia… pero como suele ocurrir, con los procesos de podredumbre, esta se extendió por todas las –otrora– bellas aguas; y los muelles desde los que se podía –hasta septiembre– verse aguas cristalinas… hoy también apestan y están rodeados por masas verduscas, semejantes al estiércol. Atitlán de noviembre de 2009 está infestado; el consumo de sus aguas que ha sido utilizado por las comunidades durante años, es un peligro mortal ¿Quién pagará este daño incalculable? ¿Cuándo se encarcelará a los responsables de verter en esas aguas lo que les dé la gana? ¿Quedarán impunes los corruptos alcaldes de esos poblados? Atitlán de hoy pinta la imagen del Congreso y justamente –salvar el lago que nos ha infundido paz y gratificado desde niños– cuesta menos que mantener –un año– al pernicioso Congreso, cuna de la pudrición y al abuso. ¿Con qué se queda usted?... yo con el lago. ¡Piénselo!
Este espacio es para promover el diálogo, compartir, discutir y argumentar sobre el artículo publicado, únicamente.
Se prohíben mensajes que contengan:
Nos reservamos el derecho de editar o eliminar cualquier mensaje que no cumpla con las condiciones anteriores. Y de ser necesario bloquear a usuarios.
Al participar, acepta las reglas y el aviso legal.
16 comentarios: