El mundo entero estaba a punto de estallar en guerra en contra de la Alemania de Hitler, la fría mañana de enero de 1939...
El mundo entero estaba a punto de estallar en guerra en contra de la Alemania de Hitler, la fría mañana de enero de 1939, cuando don Jorge, ataviado con grueso abrigo de lana y sombrero de ala gacha a lo Henry Bogart, dio por inaugurada la obra de su nuevo palacio de gobierno, colocando simbólicamente la primera piedra en medio del espacioso solar ubicado en el lado norte del Parque Central.
Muchas cosas le pasaron por la mente al mandatario antes de tomar la decisión de arrancar con aquella obra monumental, tan grande quizá como la propia Catedral y más que la iglesia de San Francisco con todo y su convento. Su ego se sentía satisfecho tras haber aprobado con su rúbrica los planos de aquel palacete de torrecitas cuadrado y escudo de armas al frente, repujado en piedra blanca de Totonicapán, más español que tropical, monumental sí, para impresionar a todos los descalzos y mirones de su reino, quienes bajaban a la ciudad una vez al año, generalmente en noviembre, a ver desde lejos la luminosa montaña rusa gigante de la feria con la cual el mandatario celebraba su onomástico.
Era una asignatura pendiente, se decía, para justificar la empresa, ya que se había quedado en el tintero, en la década del veinte, la construcción del palacio de gobierno, derribado precisamente meses antes del terremoto, obra que pospuesta indefinidamente porque la ciudad entera se había quedado en ruinas y todo era urgente, menos un nuevo palacio de gobierno.
En lo que se refería a lo financiero, estaba tranquilo. Se había asegurado que el costo de la obra estuviera incluido en el presupuesto previsto, aunque las cosas se pusieran color de hormiga y la guerra alemana le estallara en sus narices. Además, no tendría que recurrir a la maquinita de hacer dinero, o a préstamos que podrían llevar a la nación al caos o al derrumbe financiero, como le había sucedido a su antecesor, Reina Barrios, quien en su intento de hacer de Guatemala un París y armar su propia exposición de fin de siglo llevó la nación a la quiebra. Eso jamás, pensó Ubico, quien siempre sostuvo que endeudar a la nación era como venderle el alma al diablo.
Pero sobre todo, Ubico se había decidido a iniciar aquella obra sin precedentes por razones de gobernabilidad y de servicio público. Reunidos en un solo sitio todos sus ministerios y secretarías, su control y supervisión sería total, ya que desde su nuevo palacio, como le gustaba llamarlo, sintiéndose un rey de reyes, bastaría con levantar el teléfono, señalar con el dedo o pegar un gritito, para tener a sus ministros y secretarios frente a su despacho –pies muy juntos, zapatos rechinantes de limpios y cabeza gacha– inquiriéndoles sobre algún abuso o mal trabajo, corrigiéndoles la plana, “porque al fin del cabo, señor Ministro, usted no es más que un servidor público”.
Este espacio es para promover el diálogo, compartir, discutir y argumentar sobre el artículo publicado, únicamente.
Se prohíben mensajes que contengan:
Nos reservamos el derecho de editar o eliminar cualquier mensaje que no cumpla con las condiciones anteriores. Y de ser necesario bloquear a usuarios.
Al participar, acepta las reglas y el aviso legal.
4 comentarios: