Joseph Kony es el hombre más buscado en África, lidera al grupo insurgente más antiguo del continente, el Ejército de Resistencia del Señor. ¿Quién es Kony?, las cifras lo describen: se estima que su grupo ha matado a 65 mil civiles, secuestrado a 40 mil niños y destruido cientos de viviendas en Uganda, Sudán y el Congo. En medio de esta guerra se encuentran los contingentes guatemaltecos en la Misión de Paz de las Naciones Unidas en el Congo. La revista “Newsweek” publicó en mayo de este año el siguiente reportaje con detalles de la operación donde 8 kaibiles murieron en combate.
Poco después del atardecer del pasado 14 de diciembre, cuatro helicópteros Mi-24 ugandeses se suspendían en el aire sobre la espesa selva del Parque Nacional Garamba en el Congo. Una densa neblina se había asentado durante la noche y el clima era adverso. Más temprano esa mañana, en un área de ensamblaje en Uganda, un equipo de asesores militares estadounidenses equipados con mapas de gran escala y tecnología de Google Earth le enseñó a los pilotos de los helicópteros qué era lo que debían buscar: cuatro diferentes campamentos en forma de anzuelo esparcidos alrededor del parque. En uno de estos los militares pensaban que se encontraba Joseph Kony, el declarado místico que lidera el más antiguo grupo insurgente de África, el Ejército de Resistencia del Señor (ERS). “Encuentren a Kony”, dijo el comandante de los pilotos, “y mátenlo”.
Descendiendo por la densa neblina y sobrevolando justo encima de la línea de los árboles, los pilotos ubicaron lo que parecía ser una reunión de consejo de los insurgentes en la sección más nutrida del campamento denominado Campamento K. Las naves inmediatamente abrieron fuego dejando caer una cortina de cohetes y balas de alto calibre.
Reportes de los tripulantes de los helicópteros declaraban que varias docenas de personas, incluidos mujeres y niños, se encontraban en la línea de fuego. “Vi los helicópteros venir, eran negros y nos estaban bombardeando”. recuerda George Komagun (16 años), uno de los cientos de niños soldado del ERS. “Corrí. Tratamos de luchar contra los helicópteros pero no pudimos”.
Dos días después que la operación Trueno Relampagueante iniciara, comandos de Uganda finalmente llegaron al Campamento K. Encontraron trazos de sangre en todas direcciones hacia la jungla. Tumbas rellenas con prisa trazaban la periferia del campamento. Kony llevaba más de dos décadas como fugitivo, pero este lugar tenía el aspecto de una estancia. Varios acres tenían cultivos de sorgo, yuca y maíz. Reservas de arroz, azúcar y agua estaban escondidas en grandes contenedores plásticos enterrados alrededor del campamento.
En Washington DC les encantaría ver la colección de evidencia recuperada que los investigadores ugandeses siguen estudiando incluyendo teléfonos satelitales Thuraya, teléfonos celulares, walkie-talkies y tres computadoras portátiles Acer. Los soldados incluso encontraron una impresora, una entrada externa de CD-ROM y un diccionario de inglés. Lo que no encontraron fue a Joseph Kony. “Tenemos algunas pistas de dónde podría estar ahora, pero nada como lo que teníamos antes del ataque”, dijo un oficial de inteligencia militar estadounidense de alto rango que estuvo íntimamente ligado con la planificación y la ejecución del ataque pero que no está autorizado para hablar sobre el mismo. “Kony prácticamente ha desaparecido de la faz de la Tierra”.
Kony es, probablemente, el hombre más buscado en África. El Gobierno de Uganda lo ha perseguido por 23 años desde que se puso el vestido de una mujer y dijo ser un enlace con el mundo de los espíritus y prometió derrocar al presidente de la nación, Yoweri Museveni. Kony es una ley en sí mismo. Dice liderar el ERS según los Diez Mandamientos, pero él y sus seguidores reclutaron niños a la fuerza para servir como sus escuadrones de la muerte, temidos por toda la región por su terrible brutalidad y por haber masacrado a miles de civiles inocentes. Su ola de destrucción ha desplazado a más de 2 millones de personas. Kony ha obligado a los nuevos reclutas hombres a que violen a sus madres y después maten a sus padres. Ex combatientes del ERS han declarado que en ocasiones han cocinado y comido a sus víctimas.
Años de negociaciones de paz han fracasado para lograr que Kony se entregue. Dictadores han sido derrocados en diversos países y criminales de guerra en Sierra Leona, Liberia y la Costa de Marfil han sido llevados a la justicia. Incluso el antiguo patrón de Kony, el dictador sudanés Omar al-Bashir ha sido condenado por la Corte Penal Internacional (CPI) por crímenes de lesa humanidad por su política de limpieza étnica en Darfur. Pero Kony sigue en libertad para atacar, saquear y secuestrar. En 2005 la CPI emitió órdenes de arresto para Kony y tres de sus principales comandantes, pero los documentos se empolvan en una pequeña oficina en Kampala, no sirven hasta que Kony sea capturado. “Por lo general este tipo de conflictos en África tienen varios tonos grises”, comenta Julia Spiegel, una californiana que reporta sobre las atrocidades del ERS para el “Enough Project”, un grupo independiente formado para detener los crímenes de lesa humanidad en África. “Pero este caso es muy claro. Perseguir a Kony no es debatible”.
George W. Bush estuvo muy interesado en resolver el caso de Kony desde que asumió como presidente de Estados Unidos. A inicios de su primer período, Bush le dijo a Jendayi Frazer, su secretaria de Estado para Asuntos Africanos, que quería “hacer algo” en el sur de Sudán, una región cristiana en medio de un país profundamente musulmán. El interés de Bush le dio una oportunidad al presidente ugandés Museveni. Museveni ha transformado Uganda en un país relativamente pacífico y próspero desde que luchó para llegar al poder hace 15 años y estaba convencido de que este sería un país modelo en África si no fuera por Pony, cuyos ataques asesinos se extendían al sur de Sudán. En una reunión con Bush en 2001, Museveni solicitó ayuda. “¿Nos puede dar helicópteros?”, preguntó el líder ugandés según recuerda Frazer. “Tenemos un terrorista”. Bush cabildeó con intensidad para lograr la asistencia militar solicitada y ubicó a Kony en una “lista terrorista de exclusión” que le daba a Estados Unidos más facultades para intervenir. “Museveni estaba feliz”, recuerda Frazer. “Lo hicimos en parte porque sentimos que era apropiado, pero también para permitirnos un poco de flexibilidad para tratar el caso de Kony”.
Dos nuevos helicópteros fueron entregados a Museveni, y año y medio después Estados Unidos había mandado una célula de tres hombres a las junglas en el norte de Uganda para monitorear la situación. Sus reportes escalaban rápido por la cadena de comando en Washington DC y llegaban al escritorio de Stephen Hadley, en ese entonces el asistente del Asesor de Seguridad Nacional. Bush seguía el caso de cerca. “Hablaba fuertemente sobre el ERS”, recuerda Frazer. “¿Cómo puede este tipo decir que es un soldado del Señor?”, decía Bush encolerizado. “Es sólo un asesino”.
Pero Kony no es un rebelde más. Nació en 1962 en un pequeño pueblo llamado Odek, era un chico tranquilo, más interesado en bailar que en hacer deporte. Sus profundos ojos oscuros fueron responsables por su apodo: ‘Mono Negro’.
De acuerdo a una reciente biografía, ‘El hechicero del Nilo’, de Mathew Green, a Kony no le interesaba el boxeo como a otros niños de su edad. “No veo el propósito de pelear”, le dijo a un amigo de la infancia. Su padre era un catequista de la Iglesia romano católica.
Pero el tranquilo chico se vio forzado a madurar durante tiempos difíciles. El final de la notoria dictadura de Idi Amín en 1979 dio lugar a varios años de caos y violencia bajo el igualmente despiadado pero no tan mediático Milton Obote. En las lejanas zonas rurales del país, Museveni formó un grupo guerrillero con un considerable número de niños. Uganda estaba llena de huérfanos y todas las milicias engrosaban sus filas con ellos. Al contrario que otros combatientes menores de edad, los soldados de Museveni por lo menos tenían disciplina. Los saqueos, la violación y otras ofensas contra la población civil eran prohibidas. Mucha gente ovacionó a los niños soldados de Museveni como liberadores cuando lucharon en el camino hacia Kampala en 1985. Pero Museveni es un sureño y después de tomar el poder empezó a eliminar sistemáticamente a sus enemigos de la norteña tribu Acholi. Muchos se fueron al exilio pero otros, como Kony, se refugiaron en la jungla.
Kony no fue el único miembro de la tribu que se rebeló contra Museveni. Varios otros autoproclamados curanderos y místicos juraron derrocar al nuevo gobernante. La más famosa fue Alice Lakwena, una curandera bastante popular que fundó el Movimiento del Espíritu Santo que movilizó a miles de acholis en contra de Museveni. Lakwena le dijo a sus seguidores que las balas disparadas contra ellos se convertirían en agua. Museveni eventualmente destruyó el movimiento de Lakwena y a ella la mandó al exilio a Kenya. Kony fue quien llenó el vacío dejado por Lakwena. En abril de 1987 después de tres días de oración continua en las llanuras de Awere Hill, Kony le dijo a sus seguidores que le llevaran una paloma, unos platos blancos y una túnica musulmana. En ese momento lideró a sus seguidores a las montañas. Fue el nacimiento del ERS.
Al igual que Lakwena, Kony aseguró tener una conexión personal con el mundo de los espíritus, usando el agua como medio. Se autoproclamó un profeta y un vidente. Pero también contó con mucha asistencia encubierta de varios enemigos de Museveni. La gran mayoría de miembros del Ejército ugandés venían de la tribu Acholi y muchos generales acholis depuestos apoyaron a Kony como asesores de logística y estrategia militar. Los líderes musulmanes sudaneses también apoyaron a Kony debido a su resentimiento por el apoyo de Museveni para los rebeldes cristianos del sur de Sudán y fue así como a partir de 1994 Kony contaba con una organizada y altamente preparada milicia insurgente.
Al calor de unos tragos en Gulu, un pueblo en el norte de Uganda que ha sufrido los terribles ataques del ERS, Patrick Makassa recuerda sus años como el director de operaciones de Kony. Un hombre bajito de aspecto rudo que abandonó el ERS en 2007. Makassa tiene una larguísima y muy discreta trayectoria de insurgencia en la jungla. “Entre el ’94 y el ’98, desde Jartum nos dieron bastantes municiones que enterramos por todos lados”, me comenta. “Hoy en día las siguen usando”. Años más tarde, Makassa cuenta que Jartum también los proveía con “entrenamiento en inteligencia” y los rebeldes heridos del ERS eran trasladados a Jartum “en grandes aviones soviéticos” para recibir asistencia médica.
Algunos dicen que el apoyo de Sudán a Kony terminó alrededor de 2003 cuando la administración Bush se enfocó en sus atrocidades, pero los líderes de Uganda y del sur de Sudán insisten que dicho apoyo continúa pero encubierto. De cualquier manera, la reciente condena de Bashir por la CPI crea un antecedente para el resto de líderes guerreros en la región. De acuerdo a Steven Browning, el embajador estadounidense en Kampala, “esta región se tornará más inestable”.
La cacería de Joseph Kony ha estado marcada por un espectacular fracaso tras otro. En 2006, en una maniobra sin precedentes, la Organización de Naciones Unidas (ONU) montó una operación encubierta para capturarlo o matarlo. Un escuadrón de fuerzas especiales de Guatemala asesorado por militares de Estados Unidos (kaibiles) fue enviado al Parque Nacional Garamba en el Congo, uno de los principales refugios del ERS y escena de la operación Trueno Relampagueante de 2005. Entrenados en guerra de guerrillas y acostumbrados a la jungla, los kaibiles iban equipados con ametralladoras M-16 y la última tecnología para operaciones especiales. Pero los guatemaltecos no pudieron contra Kony y sus niños soldados. Makassa recuerda el día que los kaibiles aparecieron. Había viajado al sur de Sudán a recoger alimentos y venía de regreso cuando recibió una llamada: “La situación es mala. Soldados desconocidos nos atacan. Apresúrate y ayúdanos”. Quien llamó a Makassa describió a los soldados como ‘muzungu’ –una palabra Swahili que significa “hombre blanco”–.
Cuando Makassa llegó al lugar, la batalla había terminado. Cinco soldados del ERS habían muerto. Ninguno de los guatemaltecos sobrevivió. Los soldados del ERS los mataron a todos y aparentemente el comandante fue decapitado. Algunos reportes de la ONU hablan de 8 kaibiles muertos, otros elevan esa cifra hasta 40. El ERS dejó los cadáveres pero se llevó las ametralladoras y algunos lanza-granadas.
Durante la batalla, Kony se encontraba en el sur de Sudán lejos de la misma. Makassa lo llamó para informarle. “Kony estaba feliz”, dice Makassa. “A Kony le gusta pelear, le gusta la guerra”. Este episodio es conocido en Kampala como “El Desastre Guatemalteco”. “Les patearon el trasero” dice un oficial de alto rango de Estados Unidos que declinó hablar oficialmente sobre los eventos de ese día. “Fue un golpe duro”, recuerda el embajador Browning. “Fue desmoralizante para la ONU y elevó la reputación de Joseph Kony”.
Kony es un misterio incluso para los niños y jóvenes que han crecido masacrando, secuestrando y saqueando a su lado. Ex combatientes dicen no saber si es un psicópata o realmente un vidente. Kony los mantiene a todos adivinando. Toma una decisión para después revertirla por completo en cuestión de minutos. Entre sus seguidores suele sostener una palangana plática con agua bajo el sol para que se filtre la luz por el líquido. “Observa”, le dijo una vez a David Opige, un ex combatiente de 35 años que pasó 6 años en la jungla con Kony antes de escapar. “Observa el agua y te diré lo que está sucediendo en Uganda ahora”. Makassa dice que Kony muchas veces se adentraba en la jungla solamente en compañía de sus 10 guardaespaldas por varios días. Al regresar solía hacer una predicción y, según Makassa, esta siempre se hacía realidad. “No sé quién es o qué es, pero tiene algo especial, de eso no cabe duda”.
Tres meses después de la masacre de los guatemaltecos, Kony aceptó llevar a cabo negociaciones de paz internacionales.
No era la primera vez. Ya en 1994 y en 2002 había participado en negociaciones de paz que fracasaron y el ERS continuó con su campaña de violencia en el corazón del África. Se estima que el grupo insurgente ha matado alrededor de 65 mil civiles; secuestrado alrededor de 40 mil niños y ha destruido cientos de viviendas en Uganda, Sudán y el Congo.
Las negociaciones iniciaron en medio de un clima de terror. Años de cruentos ataques por parte del ERS contra su propia tribu habían dejado al norte de Uganda llena de campos de refugiados en condiciones de miseria. VIH, malaria, hambre y violencia diaria eran acompañadas por visitas nocturnas del ERS para asesinar o secuestrar nuevas víctimas. Las condiciones de los campamentos eran tan tremendas que en un momento dado miles de niños salían por las noches a esconderse en los poblados más cercanos. Los ayudantes voluntarios en los campamentos los llamaban “los viajeros nocturnos”. Para 2004 prácticamente todas las organizaciones de ayuda humanitaria en el mundo contaban con una oficina en el pueblo de refugiados de Gulu, al norte de Uganda. “Era un infierno absoluto ahí”, dice Julia Spiegel mientras recorremos un área en la que existió un campamento que albergó a casi 250 mil refugiados, todos desplazados por la guerra del ERS contra el Gobierno.
Las negociaciones fueron dificultosas desde un principio. El negociador en jefe de Kony era un hombre llamado David Matsanga, un exiliado ugandés que también había trabajado en relaciones públicas a favor del gobierno del dictador de Zimbabue, Robert Mugabe. De acuerdo a muchas personas que tuvieron que tratar con él, Matsanga era más un “empresario de conflictos” que un negociador serio. Dicen que es paranoico e inestable. Verificaba su comida con un “detector de veneno” y en caso que volteará la mirada de su platillo mientras comía, exigía que se lo reemplazaran con uno nuevo el cual también examinaba antes de seguir comiendo.
Pero Kony estaba ansioso por negociar. Él y sus soldados atendieron varias reuniones en Juba, la futura capital del sur de Sudán y también en la frontera entre Sudán y el Congo. El interés de Kony aumentó cuando la administración Bush envió a un joven negociador estadounidense llamado Tim Shortley. Frazer, quien recuerda no creer que Kony en serio buscaba la paz, especialmente después del orden de arresto emitido en su contra por la CPI en 2005, urgió a Shortley que fuera a las negociaciones y “hacer todo lo posible para que firmara (la paz)”. Estados Unidos aportó más de US$10 millones para apoyar y darle seguimiento al proceso. La ONU aprobó una resolución reconociendo una “gran preocupación” sobre el ERS y presionaba también para poner fin al conflicto. Museveni incluso mandó a la madre de Kony a la jungla para que se reuniera con él y le rogara que se rindiera. Sin embargo, tras bastidores, Frazer se estaba desesperando. En un momento dado le dijo a Museveni: “¿Por qué no le tienden una emboscada cuando se presenta a una de estas reuniones?”.
Museveni le respondió: “No emboscamos a las personas, si nos encontramos en la jungla y alguien tiene su espalda hacia nosotros, antes de atacar tosemos”.
Era muy claro que Kony no firmaría ningún acuerdo que no le garantizara inmunidad de ser enjuiciado. (La comunidad internacional enfrenta problemas similares en el caso del sudanés Bashir.) Antes de cada reunión, Kony solicitaba que se le entregaran alimentos para sus “5 mil soldados”, aunque se cree que nunca contó con más de 800. Makassa dice que almacenaban las provisiones para operaciones futuras.
Mientras tanto, el negociador en jefe de Kony era un desastre. Incapaz de convencer a los estadounidenses que realmente tenía peso en el proceso de negociación, Matsanga solía emborracharse o quebraba en llanto en el hombro de alguno de los otros negociadores. “Pasar por un proceso así es muy emocional”, dice Matsanga. “Pensar en las miles de víctimas en 23 años de conflicto es algo que da tristeza, no da alegría, pero tenemos que seguir adelante para lograr un acuerdo… dio mucho, mucho miedo reunirse con él (Kony) pero lo hicimos”. Uno de los negociadores de occidente presenta un enfoque distinto. “Cuando te reunías con él (Matsanga) en secreto, hacía énfasis en que mantenía un contacto constante con Kony”, cuenta el negociador que no está autorizado a hablar públicamente sobre las negociaciones. “Al final te dabas cuenta que nada era cierto, Kony engañó a todos y todos se engañaban entre sí”.
Entre 2006 y 2008 el ERS mantuvo sus ataques mientras las negociaciones no presentaban avances. “Kony simplemente las alargaba”, dice el embajador Browning. “Presentaba una excusa tras otra, un nuevo traductor, otro abogado, más comida, su táctica era muy clara”. Kony muchas veces acordaba reunirse en determinado lugar a una hora específica y después no se presentaba. Matsanga todavía insiste en que Kony desea firmar la paz. Pero, mientras los negociadores se esforzaban por mantener el proceso con vida, los ejércitos de Uganda, el Congo y fuerzas armadas en el sur de Sudán preparaban otro ataque militar para detener a Kony de una vez por todas.En julio del año pasado, tropas congolesas estaban formando un perímetro en forma de L al sur del campamento más grande de Kony en el Parque Nacional Garamba. Meses después una delegación de líderes religiosos y de miembros de la tribu Acholi hicieron un difícil viaje de dos días al interior de Garamba en un esfuerzo final por persuadir a Kony que dejará las armas. La cabeza de la religión anglicana en Gulu, el arzobispo John Odama, ha pasado la mayor parte de su vida profesional trabajando para que Kony abandone la jungla. Se ha reunido con él en siete ocasiones y el 28 de noviembre del año pasado pensó que esa podría ser su última oportunidad. En la mañana del día siguiente, en un pequeño claro en la espesa jungla, apareció Kony en medio de su grupo de guardaespaldas. Alto y delgado por sus años en la jungla, Kony vestía un uniforme sin arrugas adornado con hombreras rojas y estaba nítidamente rasurado.
Kony le dijo al Arzobispo que estaba enojado. “Tengo una lanza en mi mano y estoy persiguiendo un animal llamado paz. Quiero cazar la paz para que la gente se la pueda comer. Pero al mismo tiempo me persigue un león llamado CPI.
Entonces me encuentro atrapado entre ambos. ¿Debo luchar contra el león o seguir persiguiendo al animal llamado paz?”.
Luego Kony se retiró. Esa tarde el Arzobispo estaba por retirarse cuando un grupo de combatientes del ERS lo detuvo, lo tomaron del brazo y le dijeron en voz baja: “Por favor continúe con el proceso. ¡No se rinda! ¡No se rinda!”.
A pesar de la solicitud de los rebeldes al arzobispo Odama, las fuerzas militares de Uganda y sus asesores militares de Estados Unidos estaban a dos semanas de llevar a cabo la operación Trueno Relampagueante. Los detalles de la misma se mantenían en secreto incluso entre los más altos oficiales del Ejército de Uganda. El presidente Museveni, un militar y ex combatiente ya antes había demostrado sus dotes militares (en una ocasión convocó al Parlamento y vistió a sus miembros en uniformes de combate y dirigió una sesión de ejercicios). Museveni iba a dirigir la operación personalmente desde su oficina en la casa presidencial y su ahijado iba a liderar un grupo de comandos ugandeses que debía encontrar y matar a Kony.Era la primera operación militar en el continente para AfriCom, el flamante comando militar de Estados Unidos para África.
Los estadounidenses, 16 hombres y una mujer especialistas en inteligencia y apoyo logístico, hicieron todo lo posible para que la operación Trueno Relampagueante fuera un éxito. Incluso lograron que Makassa, el ex director de operaciones del ERS, les informara sobre la ubicación de Kony y cómo podía reaccionar ante el ataque.
Pero al igual que las negociaciones de paz, la operación inició mal desde el principio. El plan era un ataque aéreo simultáneo entre helicópteros y aviones MiG inmediatamente seguido de una invasión al campamento por parte de los comandos. Pero los ugandeses preocupados por el rápido deterioro del clima adelantaron el ataque aéreo. “Atacaron con mucha anticipación y no lograron posicionar a los comandos en la jungla a tiempo”, comenta un oficial estadounidense de alto rango que siguió la operación de cerca. “Cuando los comandos llegaron al campamento, el ERS ya había desaparecido”. Los estadounidenses aún no saben cómo es posible que Kony se haya dado a la fuga. Tiempo después del ataque, una de sus concubinas dijo que Kony tenía un radio de alta frecuencia y pudo escuchar las pláticas entre los pilotos de los helicópteros. “Sólo sé que estaba ahí”, dice el oficial estadounidense. “Probablemente es lo más cercano que cualquiera haya estado de matarlo”.
Ocho días después, Kony contraataco. El ERS invadió un pueblo congolés matando alrededor de 1,000 civiles con palos, machetes y las culatas de sus rifles y luego incendiando todas las casas. Cientos de niños fueron secuestrados y el ERS se dirigió en dirección de más zonas habitadas por civiles forzándolos a huir. En total 250 mil civiles huyeron de los ataques del ERS en el Congo y el sur de Sudán. A pesar del duro golpe a su campamento en Garamba, Kony mantenía el control sobre pequeños grupos dispersos del ERS. “Destruyeron el panal y ahora las avispas están enojadas”, dice Spiegel del “Project Enough”. El político de oposición de la tribu Acholi, Norbert Mao, ha sido muy crítico sobre el proceder de Museveni contra Kony: “teníamos la inteligencia y si Estados Unidos hubiera estado más involucrado, la operación hubiera sido exitosa. Sospecho que muchas veces la ineptitud militar es intencionada”.
Kony ha mantenido un bajo perfil desde entonces, pero Estados Unidos cree que está planificando su próximo ataque. Las Fuerzas Armadas de Uganda han retirado la mayoría de sus campamentos en el Congo, dejando a sus poco entrenados y mal equipados colegas congoleses con la responsabilidad de continuar la cacería de Kony. “Estoy convencido que Kony ve esto como una gran oportunidad para reorganizar su milicia”, dice un oficial de AfriCom no autorizado a hablar sobre la situación militar actual.
De vez en cuando uno de sus seguidores logra escapar de las garras de Kony. George Komagun, el chico de 16 años que presenció la operación Trueno Relampagueante escapó del ERS poco tiempo después. El trabajador social que le da medicamentos contra la malaria, la diarrea y lo ayuda a lidiar con estrés postraumático, dice que lloró sin parar por 2 días cuando lo encontraron. El chico tenía 11 años cuando el ERS atacó su pueblo, mató a sus padres y se lo llevaron con ellos.
En un centro de refugiados de guerra en el centro de Juba me contó un poco de su vida en la jungla con Kony. “Kony dice que si matas a alguien debes beber su sangre y comerte su hígado”, cuenta el chico. “Yo me comí alrededor de 20 hígados”. A Komagun le cuesta dormir a pesar de las altas dosis de medicamento. En la noche sueña con aquellos que ha matado: “Vienen llorando hacia mí para que no los mate”, cuenta mientras bebe una sopa. “La gente se debería comer a Kony, el ha matado muchísima gente”.
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