Octubre del 44 es el mes que trajo a Guatemala aires de cambio y libertad. Se inició un proceso democrático del que, a la fecha, sólo recuerdos quedan. La lucha de oficiales jóvenes, galonistas, tropa, del histórico cuartel Guardia de Honor, la juventud universitaria y la presencia en las calles de un pueblo sediento de libertad es hoy historia vivida pero poco recordada. Los diminutos monumentos alusivos no pintan la grandeza histórica de esta epopeya. Deberíamos tener –hay uno pero no suficiente– un gran monumento a la Revolución, ubicado en un sector donde pudiera ser admirado por los guatemaltecos.
Yo viví ese octubre. Era un cabo “Rondin” de cadetes. Jueves 19, por cierto la noche vísperas del inolvidable viernes 20, cuando ubicado en el torreón sur oriente de la hoy Centenaria Politécnica escuchamos con el cadete Dedet, apostado de guardia en ese sector, 2 descargas de pistola 45 y a los minutos una ráfaga de ametralladora.
El capitán Alberto Escobar, acompañado por dos dragones (Sargentos de Caballería) fueron comisionados por los rebeldes de La Guardia para arrestar al comandante del cuerpo, general Francisco Corado. Cuando Escobar tocó la puerta del pabellón (dormitorio) del comandante le dijo que la oficialidad se había rebelado y que tenía orden de arrestarlo. El general Corado, hombre violento y de reconocida valentía, tomó sus 2 pistolas, disparó contra la puerta y los proyectiles mataron al capitán Escobar. Al verlo caer, los 2 dragones dispararon sus ametralladoras y mataron al General. Jamás se pensó en acabarlo, pero por los acontecimientos encontró su muerte. Ello fue lo que el cadete Eugenio Dedet y yo escuchamos el jueves 19 de octubre a las 11 de la noche.
Informado el mayor Francisco Javier Arana Castro, líder de la oficialidad en rebelión y comandante de la Sección de Tanques, llamó a los aún oficiales indecisos y les dijo: “El Comandante está muerto aunque no era esa la intención, así que, o salimos a atacar “Matamoros” y “San José”, las otras dos fortalezas de la capital a pelear, o esperemos a morir torturados”. Arana, un verdadero líder, hombre tranquilo pero en su caso temerario, se constituyó por decisión de la oficialidad de La Guardia el bastión de la rebelión y uno de los genuinos padres de la Revolución de Octubre.
El 21 de noviembre de 1948 contraje matrimonio y el padre de mi esposa ofreció la recepción de la boda en el Salón de Cristal del Hotel Victoria, imponente edificio que ocupaba todo el terreno del hoy hospital del IGSS de la zona 9. A la elegante recepción asistieron el ya Coronel Arana, Jefe de las Fuerzas Armadas, el Coronel Arbenz, ministro de la Defensa Nacional y el ciudadano Jorge Torriello, ministro de Hacienda (hoy Finanzas).
Un grupo de invitados rodeaba al Coronel Arana y uno de ellos le preguntó: “¿Coronel, varios se adjudican la paternidad de la Revolución de Octubre y siendo usted uno de los verdaderos paladines del movimiento, qué o quién es realmente el ícono de la Revolución?”. Con la sencillez de ese valiente líder militar que pudo y debió aportarle tanto a Guatemala, se llevó la copa de champaña a la boca para un sorbo, tragó, se llevó el cigarrillo a los labios, sacó el humo –era un gran fumador– se le quedó viendo y le dijo: “La Revolución de Octubre la hizo la bala que mató a Corado”. Hace 61 años viví esa versión histórica.
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