En Honduras se rompió el consenso democrático del hemisferio. Ha triunfado, finalmente, el golpe de Estado. A dos semanas de que culmine el calendario electoral, Manuel Zelaya renunció volver a la Presidencia. No pudo con las dilaciones y recovecos del statu quo local. Con él queda impotente la comunidad internacional y naufraga la Carta Democrática Interamericana de 2001.
A pesar de presiones y la retórica del “test democrático hondureño”, la verdad es que todos tenían asuntos más urgentes qué atender. La Casa Blanca, un punto de agenda impostergable: el visto bueno republicano al subsecretario hemisférico, Arturo Valenzuela, y al embajador Shannon para Brasil. A los países del Alba se les antepuso la emergencia de las bases militares de EE.UU. en Colombia. Chávez truena tambores de guerra, mientras desplaza tropas a la frontera colombiana.
La historia podría llamarse: Honduras o la importancia de no ser importante. Al cabo ahí no se jugaba la forma democrática. Y pasó su horario estelar. Quizá se las arreglan más fácil sin tanta atención. En el peor de los escenarios, se puede administrar largo rato más de un Haití en la zona.
Ahora bien, ese pasito “excepcional” de impunidad golpista traerá consecuencias para el orden democrático en Latinoamérica. Los golpes pueden venir confeccionados a la carta: sucesión constitucional, reforma a la medida para la reelección o cualquier recurso para desfigurar unilateralmente las reglas jurídicas. Después de todo, la política sigue siendo un oficio local o provinciano, según se vea. El proteccionismo comercial es inviable en la globalización, pero el proteccionismo político no tiene alternativa. Antes bien posee reservas “morales”: el nacionalismo de la oligarquía y la soberanía popular.
Así, hay más leña para la polarización política. Viene una época de desorden. Los marcos jurídicos se volverán tan relativos como volátiles, y menos grupos aceptarán las imposiciones sin protestar. ¿Quién dará órdenes a los ejércitos? ¿Quien marque la Constitución con billetes? ¿Quien persuada ideológicamente? La reforma militar quedó incompleta, como la reforma política democrática.
La noche está para levantar espectros. Al grito de “¡ahí viene Chávez!” o “¡abajo la dictadura oligarca!”, es fácil convertir el miedo en furia. Ahora lo que conviene a las potencias es disimular. Las elecciones lo curan todo, desde la peor masacre hasta un golpecito. ¿Qué haríamos sin elecciones? En México el profesor Adolfo Aguilar Zinzer colgó bien la metáfora de la impotencia: es hora de tragar camote.
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