Desde hace varias semanas no hay tema más ‘sexy’ para la derecha latinoamericana que el gran triunfo político de Micheletti. La idea de erigirle un monumento al presidente golpista hondureño anda en la boca de muchos, resumiéndose los sentimientos en la frase: “Ojalá en este país hubiera alguien como Micheletti”.
El presidente golpista es, sin duda, un político muy astuto. Contrario a la expresión despectiva usada por Chávez (“Goriletti”), Micheletti ha demostrado ser mucho más que un primate. Incluso apostó a lo que muchos creímos imposible: apoyarse en la ultra derecha republicana para ganarle la partida a Obama. Y al final le ganó al flamante Premio Nobel.
Sin embargo, ¿es el triunfo de Micheletti realmente un tema para celebrar? Yo creo firmemente que no. Y a riesgo de dejar de ser leído por algunos lectores derechistas de este medio escrito (probablemente la mayor parte de su mercado), voy a explicar dos ideas que me parece merecen alguna consideración.
En primer lugar, el triunfo de Micheletti es relativo cuando se leen los reportes de violaciones a los derechos ciudadanos. La Comisión Interamericana de Derechos Humanos (la misma que Chávez quiere ahora destruir por sus denuncias contra Venezuela) hizo un informe de las atrocidades cometidas en el marco del golpe. El recuento de hechos es realmente lamentable: desde asesinatos a sangre fría, hasta cientos de capturas y detenciones arbitrarias, pasando por violaciones sexuales. ¿Es esa una práctica que debemos estimular y celebrar en América Latina?
En segundo lugar, el triunfo del golpe de estado ha sido celebrado por lo que es: un rompimiento del orden constitucional democrático. En pocas palabras, sectores de la derecha piensan hoy que la democracia es un valor relativo: si se logra botar a los presidentes que nos desagradan, pues bienvenidos de nuevo los golpes de estado. Por supuesto que a la derecha que piensa así no le importa la institucionalidad en ningún sentido. Pero, ¿debemos los demás ciudadanos apoyar semejante insensatez?
Yo creo que tanto en la derecha como en la izquierda de América Latina hay muchas personas que no relativizan ni los derechos humanos ni la institucionalidad democrática. De tal manera que el triunfo de Micheletti para muchos habitantes de este continente es algo lamentable. Y para pensar así no hay que ser ni zelayista, ni chavista, ni derechista traidor. Sólo hay que ser un ser humano que piensa que la democracia y los Derechos Humanos no pueden ser relativizados. Ni frente a Chávez ni frente a Micheletti.
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