Nada más lejano que los golpecitos de pecho.
La Santa Sede sostiene relaciones diplomáticas con casi todos los países del mundo y participa, como observador, en la Organización de la Naciones Unidas (ONU) así como en todos los más altos Organismos y Agencias. Su cuerpo diplomático, a través de Nunciaturas y Delegaciones Apostólicas, se encuentra acreditado en 176 Estados, siendo muchísimos los países que tienen acreditadas ante esta, y al más alto nivel, misiones permanentes.
Los Embajadores ante la Santa Sede no tienen que profesar necesariamente la religión católica, y así los hay cristianos de otras denominaciones, musulmanes, judíos, taoístas, e incluso agnósticos, lo que hace comprender de mejor forma, la importancia de sus misiones.
El Estado de Guatemala es un Estado laico y las relaciones de Guatemala con la Santa Sede no son ni más ni menos que las relaciones propias que se dan entre dos Estados, lo que incluye el necesario reconocimiento de los singulares caracteres de que goza el Estado Vaticano.
Guatemala es un Estado laico, decíamos, pero no ateo. En efecto, en el propio preámbulo de nuestra Constitución Política, invocamos el nombre de Dios para organizarnos como Estado. Su laicidad, pues, no implica ateísmo alguno sino, simplemente, que no es confesional. En otras palabras, que no existe religión oficial alguna entre nosotros sino, antes bien, la más amplia libertad de cultos y conciencia.
La personalidad jurídica de la Iglesia Católica no deriva del Estado, tal y como no derivan de este los derechos humanos. El Estado reconocesu existencia ya que una y otros, así como el ser humano y la familia, son anteriores al propio Estado.
Los Estados Unidos Mexicanos y los Estados Unidos de América tienen relaciones plenas con la Santa Sede y ambos tienen establecidas misiones permanentes, al más alto nivel, las que están a cargo de Embajadores. Irán e Israel también las tienen, tal y como las tienen el Japón, Egipto, Marruecos, Rusia e Irak, e incluso, aunque especiales, la Autoridad Palestina.
Son muy pocos, 17, los Estados con los que la Santa Sede no tiene relaciones, al menos plenas, siendo uno de estos la China Popular, situación que se ha dado por tenerlas con la otra expresión política de la misma China, La República de China, Taiwán, amén de que existen importantes diferencia entre la Santa Sede y la China Popular en torno a la investidura “estatal” de los obispos. No las tiene, tampoco, con el Reino de Arabia Saudita, ni con Afganistán y Corea del Norte.
La diplomacia vaticana se sustenta en la experiencia de los siglos, pero es dinámica y se encuentra a la vanguardia de los tiempos. Se produce en la Santa Sede un foro multilateral no declarado, lugar adecuado para tratar los más graves asuntos.
Para un católico es el más especial de los privilegios la misión diplomática que se le confíe ante la Santa Sede pero –curiosamente– se entiende de similar manera por todos los embajadores, independientemente de su credo, que la palabra del Santo Padre trasciende de confesiones religiosas.
Para aquellos que no sean capaces de ver más allá de lo económico también es la misión ante la Santa Sede una misión importante, misión en que los temas de cooperación y asistencia están presentes, y algo más, no sólo en cuanto a su propio esfuerzo, sino en la movilización de voluntades. Existe un Consejo Pontificio para los Migrantes y las pastorales de movilización humana se encuentran omnipresentes por el mundo.
La importancia de una misión ante la Santa Sede, sin embargo, –y tal y como ocurre en todo– dependerá mucho de cada Estado y de sus específicas concepciones de gobierno.
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