Uno de los males más arraigados en nuestra sociedad es la intolerancia que se traduce en la constante negación de la libertad de emisión del pensamiento y de prensa.
Uno de los males más arraigados en nuestra sociedad es la intolerancia que se traduce en la constante negación de la libertad de emisión del pensamiento y de prensa. Tradicionalmente, quienes ostentan el poder político y económico han reprimido, por medio de la violencia física o de la intimidación, a los que adversan el statu quo y demandan el cambio o a los que se atreven a disentir de su línea de pensamiento y acción.
Es por ello que siempre se ha buscado consignar en la Constitución y la Ley la Libertad de Expresión y de Información (garantía de todos los demás derechos individuales). Sin embargo, la represión jamás ha cesado.
La represión psicológica ha sido muy utilizada en los últimos tiempos. En ese sentido, se advierten campañas de desprestigio y de hostigamiento contra los comunicadores, presiones sobre los medios de comunicación para mediatizar o silenciar a tal o cual comunicador o periodista, así como amenazas para que se limite el espacio o tribuna para quienes disienten.
Tanto la coacción como la intimidación han sido eficaces en el corto plazo para los poderosos de siempre, porque han redundado en autocensuras o en la adopción forzada de perfiles bajos por parte de los comunicadores y periodistas. Empero, en el largo y mediano plazo quien ha sembrado vientos ha cosechado tempestades.
Ingenuamente se creyó que la apertura democrática de hace 24 años iba a acabar para siempre con la represión del libre juego de opiniones, pero no fue así. Y no fue así porque ese intento democratizador no ha proscrito efectivamente los privilegios políticos y económicos, ni las insoportables discriminaciones en este país y, consecuentemente, tampoco la esencia de la intolerancia.
Por tanto, no nos hagamos ilusiones de que la cosa ya cambió o está cambiando. Por el contrario, la intimidación y la coacción contra la libertad de emisión del pensamiento y de prensa subsisten, y permanentemente se hacen presentes en nuestro país.
Hace 500 años, Erasmo de Rotterdam escribió: Criticar la vida de los hombres ¿es sarcasmo o más bien advertencia o consejo? ¿No ejerzo yo la autocrítica sobre mis muchas faltas? Por lo demás cuando no se excluye a ningún hombre, es claro que se censuran todos los vicios, no los de un individuo. Quien se ofende por haber sido herido está poniendo de manifiesto su conciencia culpable o al menos sus temores.
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