“¿Qué siente un varón cuando tiene que pasar caminando solo ante una pandilla parada en una esquina, todos armados?”. Con esas palabras quería dar a entender una dirigente femenina cuál es el sentimiento común de una mujer en su relación cotidiana con los varones fuera de su casa. Seguramente algo duro.
Se podrá alegar que no forzosamente esa es la sensación de una mujer cuando va por la calle, que hay allí una dosis de exageración. Es probable. Pero sin dudas la ola de feminicidio que barre el país no es una exageración: un promedio de 1.5 mujeres aparecen diariamente asesinadas –muchas veces previa violación y con posterior mutilación del cuerpo– sin que haya una respuesta contundente de parte de las autoridades. Y eso sucede cuando va sola por la calle. ¿Por qué esta violencia contra las mujeres que no para? Mucho se ha dicho al respecto; lo importante es no dejar que se naturalice, que pase a ser parte del “paisaje social cotidiano”.
Ahora bien: si se quedan en sus casas –como cierta visión moralista podría aconsejarlo: “¿qué hace una buena mujer por la calle?”– no les va mucho mejor: la violencia hogareña contra el “sexo débil” no baja, y las guardias hospitalarias se llenan de mujeres golpeadas. Todo indica que la cultura dominante permite (¿alienta?) esa violencia, porque si bien se la condena, no falta también quien piensa que “por algo habrá sido” que una mujer resulta golpeada, justificando así esa práctica. Y ahí estriba el nudo del problema: en que se tolera esa actitud.
La violencia contra las mujeres sucede en todos los estamentos sociales y a todas las edades. Es común, está “normalizada”. Nos alarmamos ante la delincuencia cotidiana, pero en general no tomamos como un delito una golpiza del esposo a su pareja. Hasta hace muy pocos años era ley constitucional que un violador quedara libre de responsabilidad penal si la mujer violada (mayor de edad) aceptaba casarse con él. Si esa es la ley, hoy día derogada, está claro que la concepción dominante lo acepta. Y aunque ya no existe el instrumento jurídico, no es infrecuente comprobar que las golpizas hacen parte de lo cotidiano, siendo una herencia que se transmite de generación en generación.
Por supuesto que no hay justificación para esa violencia; eso está demás decirlo. Si sucede, es sólo porque existe una cultura machista que concede todo el poder a los varones aplastando a las mujeres. Ahora bien: ¿qué hacer ante eso? Como mínimo: planteárnoslo como problema que toca a toda la sociedad.
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