Yo les propongo, este año, celebrar las fiestas de Navidad como lo hacían nuestros antepasados en este Valle de las Vacas, con austeridad y recato.
Yo les propongo, este año, celebrar las fiestas de Navidad como lo hacían nuestros antepasados en este Valle de las Vacas, con austeridad y recato. Les propongo volver a la esencia de la fiesta, a lo sentimental o religioso y a nuestras tradiciones, alejados del consumo, el estrés y el tráfico, volcándonos a la familia y a las personas que son significativas en nuestra vida, no necesariamente con regalos materiales.
Les propongo iniciar este ejercicio apreciando lo que tenemos a la mano: el clima maravilloso de diciembre con todo y sus temblorcitos de época, terremotos. A los atardeceres con celajes, las noches estrelladas, a los sabores y las caminatas a los mercados de artesanías navideñas en donde encontraremos lo esencial de lo nuestro, con las manzanillas, aserrines, pastores, musgos y belenes, tan ecológicos y tan poco ostentosos en brillos y dorados. Yo, por mi parte, disfruto mientras manejo un disco de la orquesta Millennium interpretando villancicos barrocos guatemaltecos, antídoto seguro para cualquier congestión vehicular.
Les propongo que nos simplifiquemos la vida y que nos deshagamos de la soga de angustia que nos aprieta en estas épocas, porque el tiempo siempre se hace corto o porque el presupuesto siempre se enjuta en diciembre.
Les propongo que nos limitemos a lo que realmente podemos en cuestión económica, y que suplamos los regalos materiales por algunos que pueden resultar más significativos: una visita, una larga charla por teléfono para dar buenos deseos y mostrar nuestro interés, una notita llena de cariño acompañada de una pascua, o como le pedí a mi hermana para mi cumpleaños, “quiero”, le dije, “celebrar mi fiesta yendo con usted a visitar el Museo de La Merced”.
Acortemos no sólo las listas de regalos, sino también las de comidas y golosinas, cosa que pondré en práctica este año en casa, con el convencimiento que no se puede comer tanto en una sola noche y que muchas veces la comida navideña aparece en enero enmohecida o tiesa, porque ya no hubo estómago o tiempo para disfrutarla.
Les invito este año a planear la mejor Quema de Diablo. A unirse a alguna posada, y por supuesto, a pelearse la tortuga para tocar el inigualable tucutit-cutó que anuncia la fiesta. A hacer ponche de frutas con mucha canela para que toda la casa huela a fiesta y a hacer buñuelos. No se olvide de encargar con tiempo los tamales para el 24, mejor aún si se hacen en casa. O asistir a la misa del último domingo de diciembre en la iglesia de La Merced, en donde podrán no sólo deleitarse con el coro del maestro Ricardo del Carmen, sino apreciar el maravilloso nacimiento con sus pastores güegüechos. Y si de árbol navideño se trata, podemos volver al chirivisco, tan de moda en Guatemala en los años sesenta, preferido actualmente por quienes siguen las tendencias minimalistas. Les propongo celebrar una navidad esencial y como hubiera dicho Martí, a poner en práctica la virtud.
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