Por qué a mucha gente le repugna moralmente esa ética neoliberal?
Desde este mismo espacio, la semana pasada, pregunté: ¿Podríamos construir una sociedad basada en un conjunto de derechos alternativos ligados a las libertades positivas que tienen que ver más con la libertad de conciencia que con la de la capacidad de elección entre una mercancía y otra?
Existen propuestas de libertad muchísimo más nobles que ganar la libertad que predica la retórica neoliberal y ProReforma. Ciertos neoliberales acusan de ignorancia señalar cómo el capitalismo crece a partir de la exclusión: Cristopher Dent (quien es recordado por amigas españolas, en un Colegio Mayor de Madrid, como un “nazi fascista admirador de Adolfo Hitler”), me reta a redactar una propuesta de reforma constitucional. Junto con varios colectivos de intelectuales, activistas, campesinos, y líderes comunitarios, creemos que no es la hora de una reforma constitucional, sino de un pacto social ampliamente incluyente para Guatemala.
“Esa libertad” que ellos defienden es la libertad individual como bien supremo por encima de la igualdad y de la propia democracia, esa a la que Nicanor Parra, le dice: “Estados Unidos es el país donde la libertad es una estatua”.
¿Acaso somos libres para no ser neoliberales? La crisis financiera mundial y la insistencia de crear un marco jurídico para la neoliberalización de Guatemala, precisan hacernos estas y otras preguntas. ¿Llevan las libertades individuales a una ética de mercado sin matices y sin justicia social? ¿Por qué a mucha gente le repugna moralmente esa ética neoliberal?
Hay, y hubo, experiencias, aquí y en otros lugares del planeta, que nos muestran que existen alternativas más nobles y humanas al tipo de libertad que ofrece el sistema neoliberal. Unas que tienen que ver con moralidades colectivas, con lo que llama E. P. Thompson: la economía moral de las multitudes.La moralidad por principio no es una cuestión individual, se ejerce colectivamente. Una comunidad, Guatemala también, es siempre más que la suma de los individuos. Somos un todo. Y ese todo precisa buscar alternativas por una emancipación integradora y plural a la desposesión por parte del capitalismo de los recursos naturales de la gente, de lo que constituye el bien común (el agua, la tierra, los recursos naturales). Alternativas a salarios de servidumbre y a la desposesión sistemática de las comunidades, como hacen los proyectos de hidroeléctricas y la minería, entre otros. Esas alternativas estarán basadas en órdenes sociales distintos, en un pacto social incluyente. ¿Cree alguien de verdad que ProReforma es un pacto que incluya a los marginados, excluidos, discriminados hoy y ayer y antes de ayer en este país? Al sistema neoliberal que globaliza el movimiento de capitales y su supuesto derecho de explotación de los recursos del planeta, debemos contraponer un pensamiento responsable de y por la vida del planeta, también en Guatemala.
El mundo necesita albergar la esperanza. El futuro no está en la acumulación, sino en el proceso de emanciparnos de las formas sociales que nos dominan y que nos hacen relacionarnos como mercancías y no como seres humanos. Podemos inventar un sistema de economía moral y justicia social, en el que la economía se subordine a la vida y no la vida a la economía.
No proponemos aquí una Cuba. Ni una Venezuela. Que estos países y los demás encuentren sus vías de desarrollo. Pienso más bien en la palabras de David Harvey: “Un haz completamente distinto (de derechos) en que se incluya el derecho a las expectativas de vida, a la asociación política, al ‘buen’ gobierno, al control sobre la producción por parte de los productores directos, a la inviolabilidad y a la integridad del cuerpo humano, a emprender una crítica sin miedo a las represalias, a un entorno limpio y saludable para la vida, al control colectivo de los recursos de propiedad común, a la producción del espacio, a la diferencia, así como también a otros derechos esenciales a nuestro estatus como seres humanos”. ¿No se apuntarían a un mundo como este? ¿Dónde hay que firmar?
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