Vivimos en una sociedad que está practicando lo que se conoce como el relativismo ético en claroscuro conductual, es difícil en estos tiempos para algunos puntualizar qué es bueno y qué es malo, inclusive se ha abierto la vereda de la fácil conclusión para que cada quien defina su propio concepto o idea. Esto ha permitido conducirnos hacia un callejón sin salida. Plantearlo como una premisa no tendría sentido para el mejoramiento de la conducta y actitud de las personas frente al desmoronamiento de los valores morales y culturales, sino más bien es la necesidad de demostrar que estamos a tiempo para el rescate de esos principios que cada vez se alejan o se pierden.
A los escépticos les parecerá incómodo reconocer la situación actual, otros con su característica oposición a todo lo que se plantee en bien de la comunidad dirán tantas cosas sin sentido, que por lo mismo no aportarán lo que debe aportarse en estos momentos que nuestra sociedad vive, sacudida por tantos eventos económicos, crisis alimentaria, sequía, salud y violencia desenfrenada. Pero aunque a muchos no les guste, es importante y necesario saber y entender que nuestros niños y jóvenes deben ser enseñados sobre lo que es bueno y lo que es malo. Esa responsabilidad que tenemos como padres de afrontar la triste realidad no la debemos esconder en el término “depende”, sino asumir el liderazgo que tenemos dentro de la familia, el núcleo importante del desarrollo de las buenas costumbres, en el justo papel de promotores morales.
Cómo podemos establecer conductas claras, bueno o malo, blanco o negro, correcto o incorrecto. Si en la comunicación del día a día hablamos de “me quedo con el vuelto”, “me dieron demás, no lo devuelvo, te rayaste”, “digan que no estoy”. Mentiras blancas, medias verdades. No existen medias verdades ni medias mentiras. Hay mentiras y hay verdades, simplemente. Lo que antes se veía con preocupación por no estar en el ámbito de lo correcto se ha ido cambiando por aspectos culturales o de acomodamiento y facilidad circunstancial. El caso –por ejemplo– del desorden sexual, ahora a los jóvenes no les interesa casarse o viven una vida marital sin el requisito civil o religioso o simplemente mantienen una relación de fornicación, sin compromiso, sin asumir responsabilidad. El sexo libre en las relaciones sexuales prematrimoniales o las del adulterio se han convertido sencillamente en una estadística, eso es un tema de conversación diaria, porque se ve muy “natural” o “muy común”.
Muchos justifican esta forma de vida diciendo que son responsables, porque usan métodos anticonceptivos para no embarazar a la novia, para no contagiarla o contraer una enfermedad. Y sin embargo, el número de jovencitas menores de edad, casi niñas, embarazadas es alarmante. Los padres de familia son responsables de estas actitudes de libertinaje porque enseñan todo lo contrario de hacer el bien, aconsejan a los hijos a hacer el mal y con ello creen que están salvando su responsabilidad.
Los que creemos en Dios firmemente sabemos que Él es quien define qué es bueno y qué es malo, porque la Biblia lo define bien y lo encontramos en el Libro de Isaías. Y esto es un llamado a los que a lo malo le llaman bueno, a lo amargo dulce. No debemos ser necios y creernos sabios, busquemos el bien para nuestros hijos, preparándolos en las cosas buenas y que ellos puedan detectar en su diario vivir lo que es malo para ellos en lo físico, mental y espiritual. Los síntomas de la violencia que vivimos hoy en día son las consecuencias de lo que no se enseña en el hogar.
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