Asícomo la violencia genera violencia, la impunidad genera impunidad. Guatemala es un descarnado ejemplo de ello.
Aquí ya hace más de una década terminó una de las guerras más largas de todo el continente, pero el país, lejos de encaminarse hacia la paz, vive en continuo sobresalto. En estos momentos –dicho con cifras concretas en la mano– la situación en términos de seguridad no es mejor que durante los años del conflicto armado.
La impunidad reina altanera: el sistema judicial no funciona y cualquiera puede ser víctima de un hecho delictivo sin que se registren castigos por el mismo. Se vive un clima de inseguridad tan grande, en buena medida manipulado y “vendido” por los medios masivos de comunicación, que eso invisibiliza otros problemas de la realidad social. El dilema que se le plantea día a día a cada ciudadano común es si no será víctima de la delincuencia que pareciera barrer todo. Sobrevivir la cotidianeidad, ya no por la pobreza sino por la situación de violencia desatada, es una verdadera aventura.
Tanta violencia tiene causas. Ciertos sectores con creciente poder económico, y por tanto político, se favorecen de este clima de descontrol generalizado. La matanza sistemática de choferes de buses a que estamos asistiendo nos habla de planes maestros y de grupos que se benefician de ello.
El Estado represivo que se generó durante las décadas de guerra ya no existe con esas características hoy, pero algunos de quienes lo hicieron funcionar siguen manejando cuotas de poder, en algunos casos a la sombra de la estructura estatal, habiéndose hecho cargo de rentables negocios ilegales con los mismos criterios de militarización de años atrás. El Estado está permeado por esos intereses sectoriales que se mueven con características mafiosas. Esos sectores continúan gozando de un clima de impunidad generalizado, creado durante la pasada guerra y nunca desarticulado, lo que alimenta y refuerza la cultura de violencia actual. El crimen organizado nacido en aquella época hoy ya se autonomizó, siendo un nuevo poder en sí mismo.
Si los acuerdos de paz firmados en 1996 fueron una opción clave para combatir la violencia y la impunidad históricas, el cumplimiento lento y parcial que han tenido, refuerza las condiciones para un clima de violencia general e impunidad, afectando así la convivencia social y permitiendo esa criminalidad que, como machaca insistentemente la prensa: “nos tiene de rodillas”. La impunidad que cosechamos actualmente tiene que ver con la impunidad sembrada décadas atrás.
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