El 7 de noviembre de 2001 aparecieron 8 cadáveres de mujeres en Ciudad Juárez tan maltratados que sólo 3 pudieron ser identificados. El mensaje era claro. Fueron arrojados delante del Sindicato de Maquiladoras. Quinientas mujeres fueron asesinadas en esa ciudad desde 1993, y 600 desaparecieron. Femicidio. La impunidad despertó indignación mundial. Algunos de los responsables de investigar dijeron que estas cosas pasan porque cuando fueron violadas, torturadas y asesinadas “no iban precisamente a la iglesia”, que “las chicas buenas están en casa”, y que la culpa la tiene “el vestir con minifaldas”.
La Corte Interamericana de Justicia termina de fallar condenando al Estado Mexicano por “negar el acceso a la justicia a los familiares de las víctimas, por negligencia en la investigación, y por no prevenir las muertes a pesar de la existencia de un claro patrón de violencia de género”. Le exige “investigue los asesinatos, destituya a los funcionarios que permitieron y realizaron las violaciones señaladas, y dignifique la memoria de las víctimas”.
Frente a la gravedad de la violencia de género, el secretario general de la ONU, Ban Ki-moon lanzó una campaña universal “Únete para poner fin a la violencia contra las mujeres”. Es realidad diaria en América Latina, donde indica CEPAL (2009) hay maltrato de la pareja, femicidio, acoso y violencia sexual, trata de blancas, violencia institucional y violencia discriminatoria contra mujeres inmigrantes, indígenas, y afrodescendientes.
El 40 por ciento de las mujeres de la región es objeto de violencia física, y en algunos países cerca del 60 por ciento sufre violencia emocional. La física va desde golpes hasta agresiones severas con amenazas de muerte. La emocional incluye maltrato psicológico, insultos, humillaciones, burlas, el control del tiempo, y la libertad de movimientos.
Han habido avances relevantes en igualdad en la educación, adelantos legales, pero siguen operando las causales profundas. Entre ellas, los déficits en prevención, la debilidad en la aplicación de leyes y la impunidad en la justicia.
Una razón central de la violencia está en la vigencia de los estereotipos machistas.
Con progresos, las desigualdades continúan en la vida laboral y política. Las mujeres ganan casi un 30 por ciento menos que los hombres, y son menos del 10 por ciento en los Consejos Corporativos, 7 por ciento de los alcaldes, y el 20 por ciento de los legisladores.
En Guatemala hubo 2 mil 920 homicidios de mujeres en los últimos 5 años, 94 por ciento quedó impune. En El Salvador, 326, 262 y 314 entre 2003 y 2005 respectivamente, en Honduras subieron de 111 a 181 en ese período. Dice el informe de CEPAL: “Las mujeres son asesinadas con extrema crueldad: la mayoría de los cuerpos muestra signos de tortura y violación”.
La consigna lanzada por la ONU: “Ni una más”, no admite más demoras, así como su llamado a terminar con las formas silenciosas de la violencia de género, esta violación interminable de derechos humanos básicos que avergüenza a todos.
(*) Asesor principal de la Dirección del PNUD/ONU para América Latina y el Caribe.
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