El permiso que necesita para actuar con menos hígados y más cerebro ante sus opositores.
La opinión generalizada es que el Presidente perdió de nuevo una batalla con la improbación del proyecto de presupuesto 2010. Peor aún, que va rumbo a perder otra, con el probable rechazo o al menos el retraso hasta el año entrante del paquete fiscal.
En parte, perdió la batalla frente a sus opositores, sobre todo los integrantes de la bancada Lider, cuyos dirigentes eran hace apenas unos meses sus amigos fidelísimos y parte del combo que él ayudó a elegir. Pero en parte también, y esto es lo que más daño le causa a su imagen, la percepción es que volvió a perder frente a su esposa, cuyo ascendiente sobre la mitad más uno de la bancada oficial deja al Presidente en una situación de minoría muy incómoda, socavado por su propio partido que se resiste a admitir su liderazgo y somete cualquier acción relevante de su gobierno al criterio de la conveniencia o inconveniencia que esta pueda tener de cara a la ambición de elegir a la esposa del Presidente en las siguientes elecciones.
Tan vulnerable es su posición y tan escasa luce su capacidad de afrontar con éxito los retos, que el Presidente se ha hecho rehén de esa caterva de diputados que le cobra muy caro al erario público cada voto a favor de las iniciativas promovidas por su despacho. El Presidente negocia al amparo de la noche y en el marco del callejón Manchén, tristemente célebre por su evocación de secretos mal guardados. Y lo peor es que fracasa a pesar de tomarse el riesgo.
Sus señalamientos en contra del Partido Patriota y de la bancada Lider sólo son parcialmente creíbles. Es cierto que las prácticas de filibusterismo del grupo de Manuel Baldizón retrasaron hasta el límite la discusión del Presupuesto pero también lo es que muchos diputados de la UNE se ausentaron cuando fue necesario contar con ellos. El Presidente ha preferido un modelo de relación entre el Ejecutivo y el Legislativo y entre oficialismo y oposición que ha fracasado siempre en Guatemala y en la mayoría de países donde se aplica. Es la forma en que se prefiere hacer política en el tercer mundo, con la mira siempre puesta en las siguientes elecciones. En otros países, la oposición y el Gobierno sesionan cada vez que un tema de interés nacional lo amerita y lo hacen de forma más o menos madura y más o menos abierta.
Si el Presidente, en lugar de favorecer la compra de votos de sus aliados recurrentes, buscara un acuerdo frontal por ejemplo con Otto Pérez Molina, podría darle más solidez a sus acciones. Para eso, sin embargo, el gobernante debe dejar atrás el ánimo de competencia electoral como marco exclusivo de relación con sus opositores.
Si Colom hubiera llamado a Pérez Molina a discutir abierta y públicamente el Presupuesto 2010, a lo mejor hubieran logrado un acuerdo en torno al destino del gasto aunque al Presidente de seguro le hubiera correspondido conceder en hacer transparentes programas como Mi Familia Progresa. ¿Acaso no es eso lo que más nos convendría a los ciudadanos? ¿Que en lugar de atrincherarse detrás de una retórica simplona –“ellos no quieren que haya fondos para la educación ni para los hospitales”, ha dicho el Presidente respecto a sus opositores– se diera un diálogo más franco?
Lo mismo podría ocurrir con el paquete fiscal. A nadie más que a un aspirante a la Presidencia con opción de triunfo le conviene encontrar mejor financiado al Estado. Y de no lograr el éxito, el Presidente al menos colocaría al líder de la oposición en una situación mucho menos cómoda que la que hoy disfruta.
El problema es que para todo esto necesitaría de la comprensión de su esposa, que se traduce en una autorización para actuar con más racionalidad y menos hígado frente a los opositores. Y esa bendición, no la encuentra.
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