Los niños tienen ese poder natural de sorprenderse ante cualquier evento, porque todo les es nuevo...
Los niños tienen ese poder natural de sorprenderse ante cualquier evento, porque todo les es nuevo; abren los ojotes y se asustan con el Santa Claus viejo, rechoncho y apestoso a guaro que te tira confites por la ventanilla del auto, o ante la luz que pasa por algún agujero, o por los misterios que los adultos ya no vemos impactados por la realidad que se nos impone con su pesadez cotidiana. A los enanos les encanta que les cuenten historias, sueñan e imaginan el futuro, pero lamentablemente crecen, como nos ha ocurrido a todos, y poco a poco cambian la imaginación por la memoria, y se van volviendo aburridos, algunos se embrutecen (como las piedras o los vegetales), otros le encuentran gusto a las armas y se emocionan con los linchamientos, y unos cuantos, porque en Guate es un privilegio, nos reencontramos en la Literatura. Los libros son posibilidades de vida. Cada vez que abrimos una novela que nos sorprende y apasiona, volvemos a refrescar esa cualidad innata de la infancia, porque el universo no es estrecho, porque las dimensiones son múltiples y los planetas se nos presentan como otra opción a la aventura. Meternos en otras vidas, y experimentar la fascinación, es un derecho que al negársenos nos sumerge en un pantano, el de la vida adulta o Purgatorio.
Este pasado semestre me reencontré con la docencia universitaria, y a pesar de las dificultades del tiempo y mis salidas frecuentes del país para asegurarme la supervivencia, porque en la patria habito pero no me nutro, inquilino de la alteridad, logré conciliar los días lunes para enseñar y aprender. La experiencia me fue saludable, más cuando una tarde se me aproximó una alumna para agradecer el descubrimiento de un libro que le había gustado, porque a sus veintitantos años no había leído nunca uno entero. Su padre la ayudaba, leía por ella y le explicaba. Padre culto, pensé. Y sin embargo, la obra en cuestión se la había devuelto y exigido que esta sí la tenés que leer. Estaba muy contenta, porque no le había costado nada, porque le había gustado desde la primera línea, sorprendida consigo misma ante el hallazgo. Sentí sabroso compartir mis lecturas de manera directa, así como lo hago con ustedes a ciegas desde hace 13 años, desde el momento cuando esta columna se estrenó en el primer ejemplar de elPeriódico. Los libros son posibilidades de vida que a diario digiero y disfruto, experiencia que aquí comparto. Hace 30 años que no enseñaba en la universidad, desde mis tiempos de la Usac, cuando por azares del destino me dedicaba a enseñar Teoría de la Probabilidad ante grupos inmensos de jóvenes interesados en la ciencia. Lo increíble es que en dicha época sentía que los números eran una realidad impuesta que no gozaba, y yo quería palabras. Hoy en día, cuando las palabras son el río en el que nado, he empezado a descubrir la magia de los números, y disfruto saber que la suma de los 3 ángulos de un triángulo equivalen a la suma de 2 ángulos rectos, de la mano de Aristóteles en su Metafísica, por cuanto evoca la magia del entendimiento. Libros, palabras, números, lo que cuenta es el saber, aprender y disfrutar todas las posibilidades de vida que nos rodean.
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