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Guatemala, sábado 12 de diciembre de 2009

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laColumna:

La molienda

Terminado el tueste del cacao, Sebastiana proseguía con la molienda, la parte más agotadora del proceso de la fabricación del chocolate de gasto.

María Elena Schlesinger / Ayer mes@itelgua.com

Fuente menor Fuente normal Fuente grande

Terminado el tueste del cacao, Sebastiana proseguía con la molienda, la parte más agotadora del proceso de la fabricación del chocolate de gasto. Uno a uno iba buscando sus utensilios de trabajo: la enorme piedra de moler con su mazo, reliquia de la abuela de la bisabuela de mi madre, debajo de la pila del patio. En la repisa que estaba arriba del poyo, las bateas alargadas de madera y el petate en que pondría a secar las tabletas de chocolate se mantenía enrollado dentro de la alacena para evitar que los ratones y los bichos le caminaran encima.


Para la molienda, Sebastiana buscaba el lugar más apartado y oscuro de la cocina, lejos de puertas y ventanas para evitar los aires y los chiflones fríos porque “son siempre peligrosos cuando se mezclan con el calor del cuerpo, tuercen, o enferman los pulmones y quién quita nos llevan a la tumba”

, decía mientras buscaba el lugar indicado para acomodarse junto a sus braseros, ollas, apastes, cucharones y bateas.
Antes de iniciar su trabajo, Sebastiana se enrollaba en su perraje de rayas, cubriéndose toda la espalda y la nuca para evitar así, “tomar” un aire y enfriarse de repente y caer en cama. Se encuclillaba frente a la enorme piedra de moler a la cual le había dispuesto un brasero encendido y comenzaba la labor de machacar y machacar con fuerza el cacao, la canela y el azúcar hasta convertirlos en una pasta dulce y manejable de cacao. En aquellos esfuerzos, la cara se le iba poniendo colorada, como luna de Semana Santa, mientras un riíto de sudor comenzaba a correrle por la frente debido al calor del brasero y al esfuerzo.


De la piedra iba saliendo caliente una masa uniforme de chocolate, que se dejaba caer poco a poco en las bateas de madera, a donde acudíamos a probar con el dedo aquella pasta espesa y calientita que nos sabía a gloria. Luego el chocolate se colocaba en unos moldes redondos, especiales para hacer tabletas, las que era colocadas a secar encima de varios petates, en el patio, para terminar el proceso secándose con el calor del sol.

Antes de que las tabletas endurecieran, Sebastiana tomaba un cuchillo puntiagudo de la gaveta de la cocina y las marcaba con una cruz profunda, como haciéndoles una cicatriz imborrable en la cara. “Un cuarto de tableta para cada taza”, nos decía siempre “no se necesita más”. Y así, las ruedas de cacao quedaban divididas en cuarterones, los que resultaban ser la medida exacta y comprobada para elaborar luego en la cocina, una taza de chocolate espeso y espumoso con aroma de canela. Chocolate que debe ser batido con paciencia, en batidor de barro y molinillo de madera, “rezando un misterio de rosario”, decía mi abuela, receta segura para medir el tiempo que se necesita batir el chocolate; el que se toma hirviendo y que al tragar nos quema y despelleja la lengua. Bebida que nos sabe a campanas, a niñas vestidas de blanco de Primera Comunión con coronitas de flores en el pelo y a pino fresco regado en el piso; a noches de diciembre con cielo despejado y frío, a fiesta chapina. Bebida espumante de cacao que nos remite a tiempos lejanos de nuestra historia colonial, en donde sirvientes vestidos con librea llegaban a la catedral de Santiago, a media misa, y entre coros y arpegios de órgano, servían a sus amas humeantes tazas de chocolate batido, para disiparles los acabamientos y ayunos, como describe el viajero, Tomás Cage en sus crónicas de viaje por Guatemala.

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3 comentarios:

  1. Silvia Olivero: (2009-12-13 17:55:55 horas)
    María Elena: Le sugiero que recopile sus artículos y haga un libro con ellos. Sería un libro rico en tradiciones y leyendas! Ojalá se decida a hacerlo.
  2. luis solares: (2009-12-12 12:11:56 horas)
    Excelente la descripción, María Elena, y nada como preparar no sólo el chocolate sino los diversos platillos de nuestra cocina guatemalteca haciéndolos a la manera antigua. Me siento contento de poseer en mi cocina un auténtico "mayan food processor", piedra y mano de las especiales para preparar recados. En ella he elaborado el subán-ik, pepianes, mole, jocón y otras delicias. Y para los escépticos entre mis amistades he preparado los mismos ingredientes en la moderna licuadora y en la piedra, dando un mejor resultado de sabor ésta última. Qué bueno que nos trae esas pinceladas del tiempo de ayer, no siempre el tiempo actual es mejor, quizás más práctico, pero el ayer es inigualable. Muchas gracias.
  3. anibal perez: (2009-12-12 10:50:34 horas)
    Relato que sabe a gloria, como el chocolate!. Así era de rica nuestra tradición culinaria y eso que somos distantes con los indígenas...no se vale!. Todavía insisto en repetir que los relatos de Nía María son dignos de recopilarse en letras de oro y pasta dura; eso si sería un regalo para los que todavía recuerdan esas rústicas pero hondas tradiciones y serían una visión retrospectiva con suficiente calibre para encantar a las nuevas generaciones, indiferentes a todo lo que huela a tradición de la mas pura. Otra vez: sabroso relato que calma nuestras horas de ocio placentero.
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