Antiguamente, para los poderes dominantes de esta parte “civilizada” del mundo, las cosas eran sencillas: el enemigo eran los negros y los indios, los infieles e impíos, en fin, todos aquellos que no profesaban los valores occidentales y la fe católica. Y, por supuesto, también, los judíos.
En el siglo pasado, grosso modo, el enemigo fueron, con justa razón, los nazis y los japoneses. En la segunda mitad del siglo XX, el enemigo estuvo compuesto sobre todo por aquellos pueblos que luchaban contra las potencias coloniales, y por los comunistas.
Hoy, las cosas se han vuelto más complejas: los enemigos son musulmanes. También, los emigrantes en general y los narcotraficantes en particular. Por supuesto, los enemigos no son, jamás, los especuladores de Wall Street, los banqueros y prestamistas, los grandes consorcios petroleros, las multinacionales de alimentos y de productos farmacéuticos, los fabricantes de armas, los barones de la droga norteamericanos.
En el plano local, ¿quién es hoy el enemigo, a quién hay que temer, de quién hay que desconfiar? Para comenzar, en esta nuestra Guatemalita que, metafóricamente hablando, en el desconcierto de naciones representa una especia de pretenciosa sirvienta desnutrida, con ínfulas de virgen analfabeta, mojigata y cristiana, el enemigo externo sigue siendo Fidel Castro y Hugo Chávez, mientras que el enemigo interno es, sobre todo, el gobierno, la policía, la burocracia, los
mareros, los narcos y los diputados.
Ahora bien, al examinar el estado de la Nación y la cantidad de niños, adolescentes y mujeres asesinados, observando la evolución de la violencia cotidiana y sus perspectivas, ¿no será más bien que el enemigo principal, irreductible e invencible, somos nosotros mismos?
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