Me confieso ignorante del protocolo que rige la diplomacia, pero me asumo practicante de valores, como el agradecimiento sincero, cuando hay que decir hasta pronto, a una amiga que se marcha. Como el caso de Ewa Werner Dahlin, quien luego de dos años de intenso trabajo en Guatemala, deja el cargo de Embajadora de Suecia en Guatemala.
Parece que fue ayer cuando se le dio la bienvenida, pero su intenso trabajo me recuerda que han transcurrido 24 meses.
Ella se marcha dejando una trascendente obra en el país, durante su gestión impulsó con acérrima conciencia el respeto y el ejercicio de los Derechos Humanos, la participación y los derechos de la mujer, de los pueblos indígenas, los niños y del medio ambiente.
Hablar de Ewa es reconocer a una aliada, que usó sus espacios de poder y sus privilegios para afrontar la violencia y la impunidad respaldando a la CICIG para que investigue y desmantele las mafias del crimen organizado que se han incrustado en instituciones del Estado. Mostró la obligación que tienen los países del Primer Mundo en respaldar al liderazgo femenino, de todos los pueblos, impulsando la participación política a nivel nacional. Además, fue crítica de las adopciones irregulares, por eso, apoyó la construcción de un sistema de protección de la infancia para que el Estado enfrente la violencia y la impunidad de los crímenes cometidos en contra de la niñez.
Especial connotación tiene su compromiso con los derechos colectivos e individuales de los pueblos indígenas. Acompañó y visitó procesos en regiones lejanas, desde Acul, Quiché hasta Catarina, San Marcos. Conoció de voz de campesinos mames sus esfuerzos por abrir mercados a sus productos, a pesar de cargar una deuda millonaria. Festejó con jóvenes de comunidades ixiles, que nacieron en poblaciones en resistencia en la selva, el derecho a la vida y a la organización.
Caminó por calles de municipios pobres del pueblo k’iche’. Fue del clima frío al caliente como una mujer consciente de lo que queda por construir. Apoyó directa e indirectamente a más de 100 organizaciones indígenas y respaldó el empoderamiento de poco más de 17 mil líderes y lideresas indígenas.
Ahora retorna al mar Báltico, pero deja amigos que la esperan para cubrirla con un perraje, para ofrecerle un cocido o para compartir con ella la celebración de Santa Lucía que tanto en Suecia, como en el mundo k’iche’ trae luz en tiempos difíciles.
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