Las razones por las cuales Sebastián Piñera ganó ayer la primera ronda electoral de Chile parecen estar cifradas. Si vence en la segunda vuelta al ex presidente Eduardo Frei, el alicaído candidato de la Concertación (la alianza de centro izquierda que ha gobernado desde que se le pidió a Pinochet que desalojara el cuarto), sucederá a la presidenta más popular del país. Michelle Bachelet goza de la aprobación del 80 por ciento de sus paisanos. Y sin embargo, el candidato oficialista lleva las de perder.
Piñera es un millonario convertido en político que en 1988 hizo campaña contra la continuidad del dictador del desarrollo, pero luego se hizo senador por la derecha. Él construyó su inmenso patrimonio como inversionista financiero. Es dueño de una línea de aviación, de un canal de televisión, proyectos inmobiliarios y de todo lo enumerable. ¿Se imagina la oportunidad de conflictos de interés que tendría un Presidente dueño de ese caudal?
Porque Piñera ahorra cada vez que puede. Hace cuatro años, ante las encuestas que le revelaban que perdería en la segunda ronda electoral, cesó de invertir en la campaña. Y en esta ocasión, prefirió traer de China la máquina que ha impreso las mantas vinílicas de su publicidad para economizarse el margen que ganaría otra empresa.
Piñera es de derecha, pero en un spot suyo se dan la mano sonrientes dos homosexuales. Promete infraestructura, reducción de penas a militares juzgados por violaciones a los derechos humanos y seguridad ciudadana, pero evita criticar los programas sociales de Bachelet.
El Gobierno saliente puso en marcha un sistema de alivio de la pobreza que le ha ganado el aprecio de miles de personas, pero que no es suficiente para diferenciar a la Concertación de los derechistas. Como suele ocurrir en los países estables, las propuestas de gobierno del oficialismo y la oposición se asemejan.
Mire este ejemplo. En dos décadas la Concertación apenas varió la estructura tributaria de Chile. La carga tributaria es de alrededor del 20 por ciento y está compuesta mayoritariamente por impuestos indirectos (como los que hoy propone el presidente Colom mediante el gravamen a la telefonía celular). Así lo diseñaron los técnicos de la era Pinochet.
¿Pero por qué entonces los votantes han optado por la derecha?
Porque Concertación eligió a un viejo y apático candidato. Un joven diputado muy carismático, Marco Enríquez Ominami se separó del grupo oficial, montó su propia plataforma electoral y ha logrado arrebatarle cerca del 17 por ciento de los votantes al oficialismo. Por cierto, Enríquez Ominami parece el más liberal de todos los candidatos cuando habla de privatizar la participación del Estado en ciertas empresas, pero reivindica también algunas medidas de izquierda.
Quizá también alguien le reclame a Concertación que los cambios en ese país van demasiado lentos y la riqueza sigue aún muy concentrada.
Y a lo mejor sea que en Chile se ha terminado de una vez por todas la transición entre la dictadura y la democracia y a los votantes esos asuntos del pasado ya no les parezcan relevantes. O quizá sea una mezcla de todas las opciones anteriores.
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