El gran acierto de este Gobierno es, sin lugar a dudas, la cohesión social, ese conjunto de políticas de Estado que constituyen la necesaria respuesta a esa Guatemala profunda que no vemos y que, incluso, nos afanamos por no ver, la Guatemala terrible de la desnutrición y la miseria. Cuando se apoya a un gobierno, no quiere decir que se esté de acuerdo, necesariamente, con todo cuanto haga, como tampoco constituye obligación alguna para el opositor, que disienta en todo.
La verdad de las cosas es que nada es absolutamente blanco, o negro. El que la cohesión social sea un acierto, por ejemplo, y que lo sea, también, el Acuerdo Especial logrado con Belice, no quiere decir que haya sido acierto alguno, por ejemplo, también, el manejo de aquella condecoración que se hizo en Cuba, ajena, en todo caso, a la política exterior del Estado o que lo sea la falta de consenso en cuanto a los controles que exigen los programas.
Estar de acuerdo o desacuerdo con un gobierno, no obliga a estarlo en todo. La evaluación de sus logros tiene que trascender de simpatías o antipatías personales.
No se trata sino de la más simple y llana, evaluación de resultados. Así como la culminación del proceso, y la firma de la paz, fueron los logros más importantes para el presidente Arzú; en todo su mandato, para el presidente Colom habrá de serlo la cohesión social. La tesis del presidente Colom es muy sencilla, pero pareciera irrefutable, incluso para aquellos que no ven por encima de sus propios intereses: “Si le damos a aquellos que no tienen, todos tendremos más...”. En otras palabras, redundará en nuestro propio beneficio.
Que la cohesión social habrá de convertirse en seguridad, a largo plazo, no quiere decir, sin embargo, que, en lo inmediato, la inseguridad no campee por doquier.
Que se haya logrado que transcurran los períodos escolares sin huelgas magisteriales, no quiere decir que los fertilizantes, en ámbito distinto, hayan logrado escapar de su inveterada inconsistencia. De ese tarde, mal y nunca. Que constituya un acierto rememorar aniversarios, como el de Manuel Colom Argueta, no quiere decir que sea acierto alguno el que continúen olvidados aquellos martirologios que merecerían la mismísima importancia, como aquellos de Danilo Barillas, o de Jorge Carpio.
En fin, ¡entendámoslo!, no es posible persistir en una Guatemala de exclusiones, en la que, por igual, y a nuestro simple capricho, reconozcamos y desconozcamos los méritos solo por que sí. Formamos parte de una patria que no acabamos de construir, y si queremos que las cosas cambien, debemos ser críticos e incluso implacables en la crítica –pero sin caer–. Este es el cáncer que nos carcome: la negación de mérito alguno, en todo adversario, y el ocultamiento de errores, en lo propio gobernar y opositar, si ambas con sensatez, conducen a lo mismo.
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