Nuestra sociedad, profundamente confundida por los genios del mercadeo que cambiaron los valores espirituales del humano por el hedonismo acelerado y le hacen creer que “ser más y ser una mejor persona, es ponerse a acaparar, lucir y poseer más objetos suntuarios y miles de cachivaches desechables”, ha entrado en el túnel del consumismo ciega y empobrecida, sin renunciamientos, decidida a competir en todas las posesiones que lucen el vecino y el amigo y a adquirir todo lo que le recomienda la presión publicitaria, sin siquiera detenerse a pensar, cinco minutos, que el sentido de celebrar el nacimiento de Jesús absolutamente nada tiene que ver con la vanidad, el egocentrismo, la codicia, la glotonería y las borracheras a las que nos condicionan: la musiquita perseguidora, la risa incongruente de los Santa Closes, sarao en el que hasta el muñeco de nieve se ha venido a meter. En toda esa parafernalia de luces artificiales y tráfico demencial, el niño Jesús no está.
No olvidemos que el haber caído en el abismo consumista, irreflexivo, solamente responde a la idea que tenemos de nosotros mismos y, aunque no lo admitamos, nos hemos convertido en personas que otros conducen por aquí y por allá como borregos de un rebaño que no sabe utilizar ese libre albedrío con que Dios lo dotó, para escoger, cada día, qué queremos hacer de nuestras vidas y nuestras decisiones. Se merece una reflexión pensar en esta época que, si creemos en lo que Jesús vino a cumplir a la Tierra, también debemos estar seguros de que esta es una época destinada para sentir y expresar amor, para compartir lo que somos y lo que tenemos con los seres más cercanos, para reconocer en el prójimo al hermano, para pedir pero principalmente dar perdón a quienes hemos y nos han ofendido.
Los invito, a quienes quieran, a hacer un alto en este remolino de comprar y vender, a salirse de esa tormenta de histeria y frustración por no poder comprar todo lo que quisiéramos. Cuando tal vez a nuestro alcance tenemos auténticos tesoros de amor que no se compran con todo el oro del mundo. Tomemos la decisión de volver a las tradiciones familiares que, para estas fiestas, significaban compartir un tamal, un ponche, dar un regalito a los niños de la familia, pero especialmente estar juntos, en paz y a las 12:00 de la noche pidámosle al niño Dios que no permita que en nuestra familia entre el desamor y el rencor hacia los otros. Agradezcamos por la salud, el sustento y porque nos haga menos acaparadores de trebejos. Roguémosle porque en nuestro querido país no entren los demonios que propician el odio, el enfrentamiento entre todos los guatemaltecos.
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