Lo más emocionante del proceso de hacer el Nacimiento era cuando se abría la caja en donde estaban guardados los pastores.
Lo más emocionante del proceso de hacer el Nacimiento era cuando se abría la caja en donde estaban guardados los pastores. Un olorcito a olvidado salía del baúl de madera en donde se guardaban los bultitos envueltos en papel periódico amarillento y viejo. Entonces mi padre procedía a leer una o dos noticias atrapadas en aquellos cuadraditos de papel de envolver, y todos reían al oír aquellos viejos anuncios sobre la llegada de embarques enteros de bacinicas en colores variados, “para que cada quien tenga la suya”, o las cremas maravillosas para sacar pelos o la historia del niño prodigio llamado Efraín Recinos, quien a la edad de cinco años y medio recitó para una selecta concurrencia en el kiosco del Parque la Concordia, el cuento de La Caperucita Roja al revés: “al tacirupeca jaro” y le voló, apuntaba el periódico. Entonces todos reían aún más.
Uno a uno iban desfilando los pastores, y como si se tratara de una lotería, mi padre anunciaba la entrada triunfal de cada uno de ellos, los cuales iban siempre a parar por la fuerza de la costumbre el mismo sitio del nacimiento. Aquí viene la sirena de cola plateada y sacaba a la mujer pescado de pecho inflado y cabellera amarilla, la que siempre iba a parar en el lago de chayes, cerca de la culebra anaranjada y las familias de tortugas y patos.
Después venían las manadas de ovejas trompudas con caras de perro, los gansos y los cisnes aludos, junto con una culebrona verde de manchas negras y lengua roja puntiaguda, la cual entre aplausos de alegría de los niños por volverla a ver sana y salva, era enrollada en el cocotal del fondo en el fondo de la cascada. Sin olvidarnos del perro del pastor, el preferido de toda la concurrencia y el ángel mayor con una ala chueca.
Salían los pueblos de aldeanos y de indios, y cerca de la iglesia se armaban los mercados y los caseríos, los que se salpicábamos de verde con chisguetes de amarillo, morado y rojo, imitando las flores de Guatemala.
El momento crucial del nacimiento era el final, cuando poníamos el pesebre del Niño. Era el turno de mi hermano, quien se subía en un banquito y con todo el cuidado del mundo para no pasarse llevando con el codo la fila de hermanitas de la caridad y los novios, colocaba el pesebre del Niño lleno con paja fresca dentro del portal, en medio de José y María. Sitio en donde el 24 a las 12 de la noche se colocaría la pequeña imagen del Niño Jesús, la cual pertenecía a mi abuela llamada María y ahora, a más de un siglo de distancia en el tiempo, aparece nuevamente en nuestro nacimiento, junto a nuestro propio arsenal de pastores, ángeles y muñequitos de toda especie, unos desnucados y maltrechos por la guerra infantil y el tiempo. Pastores de barro y yeso que nos representan a los cristianos, quienes cada Navidad, nos rendimos maravillados y humildes ante el milagroso prodigio del nacimiento del Niño Jesús. ¡Les deseo a mis lectoras y lectores una feliz, tranquila y chapina Navidad!
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