No sería justo de mi parte dejar de rendir el presente testimonio. Es justo que sepan todos los guatemaltecos que hubo un embajador de Estados Unidos, Thomas Strook, que amó a Guatemala entrañablemente.
Quiero que sepamos todos que el embajador Thomas Strook vio venir lo que habría de ocurrir en Guatemala si no se combatía a tiempo el narcotráfico, y que se jugó completo para combatirlo con la única arma que parecía, entonces, capaz de detenerlo: la extradición. Aquella política sostenida de extradiciones –a lo único que temía el narcotráfico– y que implicaba la necesaria labor de doble vía.
Esta política de extradiciones –con la ley en la mano– fue abandonada por Estados Unidos y los resultados los tenemos a la vista.
“Right or wrong, my country first…” y Tom Strook, un ciudadano americano por los cuatro costados –de la más vieja cepa– de lo más profundo de esa tierra bravía de Wyoming, antepuso siempre los intereses de su Patria a cualquier otro, pero también supo entender los intereses nuestros, y tomarlos como propios.
Comprometió incluso su propia seguridad y –en todo momento– supo atenerse a los mandatos de las leyes, habiendo comprendido que tan sólo semejante sujeción sería capaz de sacar adelante a Guatemala y que debía de imponerse, incluso, sobre sus propios intereses.
El gobierno del presidente Serrano, al término de su misión, negó al embajador Strook la Orden del Quetzal, honor que se rinde –protocolariamente– a todos los embajadores que se van, y en el viejo Aeropuerto la Aurora fui el único funcionario que estuvo para despedirle. A él y a Marta, su esposa, me permití decirles algo que hube de repetir, muy poco después, a Rigoberta Menchú, recién sabedora de su Premio Nobel: El Estado de Guatemala, todo, está representado en el Procurador General de la Nación y, la verdad de las cosas, es que sobran las condecoraciones y reconocimientos estatales para aquellos que se saben con la satisfacción íntima de haber cumplido su deber.
Al poco tiempo, ya presidente Ramiro de León Carpio, aquel entrañable Procurador de los Derechos Humanos con quien habíamos librado una memorable lucha limpia entre dos procuradores –así lo dijo la revista Crónica en su momento–, la lucha de aquel que, como Antígona, estaba pronto a la denuncia, sin concesión alguna y sin medir las consecuencias, y de aquel otro que, como Creón, se comportaba como Estado –pero como un Estado distinto– fiel, por primera vez, al ser humano y sus derechos, arrebatándole así espacios al primero. Aquel entrañable Procurador –ya Presidente, decíamos– rectificó la injusticia perpetrada y condecoró al ciudadano americano Thomas Strook con la Orden del Quetzal.
Tom Strook –como debía ser– fue así reconocido con la máxima condecoración guatemalteca, pero su amor y su entrega por lo nuestro no se entenderían sin este testimonio: vio, como ninguno, el peligro del narcotráfico y, para combatirlo, se jugó completo.
No existe en esa guerra, otra forma de ganarla: que los grandes países consumidores, empezando por Estados Unidos, el primero, se involucren en la lucha, pero también en sus propios territorios puesto que, en tanto que exista demanda, habrá narcotráfico, y es en ellos donde se encuentran los jefes del negocio. Pocos embajadores de Estados Unidos han defendido mejor los intereses de su patria, pero hizo suyos, también, nuestros propios intereses y –lo más importante– tuvo las agallas de someterlos a la ley, el único escudo posible de los países pequeños frente al grande.
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