Tengo un grupo de amigos –los fotógrafos– que acaba de descubrir las maravillas de la relajación.
Ahora, cada vez que la vida amenaza con ponerse incómoda, ponen cara de zombies y huyen mentalmente a su “lugar feliz”, ya sea una playa en Bora Bora o un jardín en la Toscana, donde los reclamos se transforman en una brisa perfumada.
La técnica no es nueva, como lo sabemos muchas mujeres que fuimos a algún curso preparatorio para el parto. A mí el truco me sirvió mucho con mi segundo embarazo, durante el cual me vi obligada a guardar reposo por varias semanas, encerrada en un pequeño apartamento en el noreste de Estados Unidos.
Mientras afuera caían toneladas de nieve, yo me tumbaba en el sofá con los ojos cerrados y me imaginaba de vuelta en Guate, sentada en la playa de Patzac, en Atitlán, viendo el agua con escamas doradas al atardecer, frente a los tres volcanes coronados de nubes.
He tenido la fortuna de conocer muchos lugares hermosos y el Travel Channel me ha hecho soñar con las delicias de Tahiti y las islas Fidji, pero si se trata de buscar el refugio perfecto para mi paz interior, prefiero la felicidad palpable de mis recuerdos en Ati que la promesa incierta de otros destinos.
En el jardín de Patzac me bañaron en una olla de aluminio cuando tenía 40 días. Ahí jugué chiviricuarta incontables noches con mi mejor amiga de infancia, Raquel, y sus hermanos. Con caretas y arpones nadamos entre el tul hasta el pueblo, buscando a “Monstruo”, el black bass gigante que hacía comer ansias a los pescadores.
El lago me vio crecer. Ahí llené interminables páginas en mis diarios de adolescente; ahí descubrí los retos del trabajo etnográfico en la Universidad y ahí también decidí convertirme en columnista, precisamente un Año Nuevo.
Ahora, cuando llevo a mis hijos a Atitlán y los veo columpiándose en las hamacas en el mismo jardín, o los escucho carcajearse con sus primos mientras compiten por hacer el clavado más chistoso, me encanta pensar que ellos también están construyendo una reserva de felicidad en el mismo lugar.
En todos estos años, han sido muy pocas las veces que no he pasado las fiestas en Ati: dejé de ir en lo más cruento de la guerra, cuando mi tío estaba en la última etapa de su enfermedad y cuando mi abuela murió.
Fuera de ello, Año Nuevo para mí es esperar las 12 frente al lago, cantando Queen con mi clan completo y los amigos que se hayan sumado.
Este diciembre, igual que en otras ocasiones graves o tristes, no vamos a ir. No somos nosotros los enfermos o los agonizantes: es el lago.
Lo que más me apena es que durante largo tiempo hemos contemplado, con más lamentaciones que respuestas concretas, cómo se le hace un daño incalculable: la ferocidad de la tala de los bosques y la erosión de la cuenca, el uso de técnicas agrícolas inapropiadas y los ríos de aguas negras que ensucian sus playas azules.
Varias semanas han transcurrido desde que la cianobacteria invadió Atitlán y no me explico por qué las autoridades no empiezan ya a corregir los problemas.
Puedo entender que hay acciones muy complejas, como el diseño y organización de programas de agricultura orgánica o de sustitución de actividades económicas, que requieren de tiempo. Pero hay medidas obvias y urgentes, como la construcción de drenajes y el tratamiento de aguas negras en los pueblos más densamente poblados, que no despegan ni a trancas y empujones, a pesar de que el dinero está ofrecido.
¿Qué espera el Vicepresidente, el Ministro del Medio Ambiente, la autoridad del lago, el gobernador de Sololá, los 3 diputados y los 13 alcaldes, para despertar y hacer algo ya?
Las autoridades podrán pensar que a nadie le importa que gente como yo deje de ir a vacacionar a Atitlán, pero se le olvida que se cuentan por miles las familias que viven del turismo y tienen semanas de ver cómo sus ingresos caen en picada.
Para ellos la recuperación de la cuenca y su manejo sostenible no es asunto de relajación ni de recuerdos felices o de patrimonio intangible: para ellos se trata del reto mismo de la sobrevivencia y a ellos, ante todo, se deben. Suscríbase a www.dinafernandez.com.
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