La buena noticia es que en 2010 la economía global tomará el rumbo de la recuperación. La crisis no llegó a ser una gran depresión, como muchos temían, aunque sí ha sido una recesión grave que golpeó a todos. Los Estados entraron al rescate de los bancos y las grandes empresas en problemas, mitigando la caída. Más aún, las políticas de intervención contribuyeron a preservar la gobernabilidad democrática en casi todos los países.
La mala noticia es que los signos de la recuperación no vienen acompañados de empleo. Y ese es el límite del crecimiento y sus bondades. Desde el punto de vista meramente económico, la depresión del empleo frena el consumo, y observado desde el campo político anticipa que los Estados enfrentarán mayores presiones sociales. La política se avivará como terreno de reasignación de recursos y eso invitará, dentro del calendario electoral, a cambios de gobierno en aquellos países donde el compromiso social no sea decidido o bien a votar por aquellos que prometen profundizar las reformas populares.
Ahora, el esfuerzo de rescatar a las empresas en crisis ha creado una bomba de endeudamiento público, o sea, los márgenes de maniobra de los Estados quedaron acotados por un buen rato. Varios bancos han devuelto anticipadamente los dineros a fin de restar fuerza a la regulación de los mercados financieros, los mismos que desencadenaron la crisis con sus sobredosis de ganancias y juegos de alto riesgo. Pero difícilmente las cosas volverán a ser lo que eran antes de la crisis que se desencadenó en agosto 2007.
Los patrones de consumo de la gente se han ido modificando debido a las restricciones económicas, y hay indicaciones sobre que –al menos en el consumidor estadounidense medio– los hábitos de compra entrarán en un curso conservador de varios años. Esta actitud, en general de mayor moderación y realismo sobre las posibilidades materiales que ofrece el ambiente, se trasladará a las pequeñas inversiones.
En este consumidor medio –escarmentado– está la base social de los Estados para procurar un nuevo acuerdo de ciudadanía que equilibre el desbalance económico entre las grandes corporaciones, que ya comenzaron la recuperación y van con hambre al desquite, y los sin empleo o empleo precario, que suman ejércitos con miles de nuevos reclutas todos los días. En una palabra, no se puede cantar victoria, al menos hasta saber administrarse el debe/haber de la recuperación.
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