“¿Cuántas veces ha aumentado el presupuesto nacional en los últimos 15 años?”. Una pregunta sencilla y directa. La pregunta que haría cualquier contribuyente preocupado por el destino de sus impuestos, tal y como lo hizo la periodista Dina Fernández en su columna hace dos semanas (http://www.elperiodico.com.gt/es/20091214/opinion/128582/). La respuesta es contundente: ¡Más de 6 veces!, concluye Dina. “Así como lo oye: el dinero del Gobierno se ha multiplicado por 6 desde la firma de los Acuerdos de Paz. En 1995, era de Q8 millardos. En 2009 fue de casi Q50 millardos”. Esos son los números. Punto. Cuánta información digan estos números depende del cristal con que se mire. Habrá quienes argumenten que estas cifras no contemplan el poder adquisitivo de nuestra moneda. Algo que Dina aclara unos cuantos días después cuando dice que “en términos reales no se ha multiplicado seis veces sino casi dos”.
Concedido, el gasto público no se ha sextuplicado sino duplicado. A pesar de esta “corrección”, el cuestionamiento de Dina no pierde ninguna validez. La fracción de recursos que el Gobierno “extrae” de la economía es cada vez mayor. ¿Dos o seis? Realmente no importaría tanto si la calidad, transparencia, evaluación, honestidad en el manejo y resultados medibles del gasto público crecieran al mismo ritmo. Lo cual, para mí, es el mensaje más importante de los números de Dina. Dado que todo apunta a que el tamaño del Gobierno siga creciendo en el futuro cercano, es de vital importancia reconocer que los rezagos sociales no se resuelven simplemente transfiriendo más recursos al Gobierno o etiquetando dichos incrementos con nobles fines.
A pesar de que cada día crece más la fracción de recursos que maneja el Gobierno, la forma en que estos se ejecutan y el tipo de resultados que de ellos se obtienen no crece al mismo ritmo. Situación que debe reconocerse plenamente antes de seguir comprometidos con una carrera sin fin. Sin fin porque nunca termina; sin fin porque no nos lleva a ningún lado. La lección es clara: el gasto público creció significativamente a raíz de los Acuerdos de Paz, no así los resultados provenientes de ese aumento. Prometer algo distinto es políticamente muy difícil; los resultados que tenemos hoy no son casualidad, los incentivos están dados para que esto ocurra. Creer que los políticos actuales van a cambiar la estructura de incentivos detrás del gasto público es pura ingenuidad. Ni en el Día de los Inocentes.
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