¿Que el poder desgasta? Sin duda. Pero más consume a un político no tenerlo. Este es el listado de los dirigentes guatemaltecos que más poder concentran en un sistema que ofrece oportunidades muy desiguales para acceder a cargos públicos, influir en el aparato del Estado y proyectar su mensaje a la ciudadanía.
Es la figura más determinante dentro del Ejecutivo. Sus órdenes se cumplen sin excepción. Lo mismo le provee de espíritu al Gobierno de su marido, al hacerse cargo con capacidad de ejecución de los programas más relevantes, qué define la orientación de los fondos públicos o a qué proveedor del Estado puede dejar de pagársele cuando hace falta. Infunde en dosis iguales temor y respeto. No hay ministro que no se le cuadre. Y cuando lo haya, pronto dejará de serlo.
Es el jefe de gobierno y como tal posee un poder de convocatoria que sólo un país de marcado presidencialismo puede ofrecer. Por meses ha sabido mantenerse bien con circuncisos y gentiles. Lo mismo sonríe y agrada a los empresarios más poderosos del país, sobre todo a quienes fueron generosos durante la campaña, que declara su absoluta devoción al pueblo. ¿Logra todo cuanto busca? No, no todo. Pero trata.
Atiende cuatro teléfonos al mismo tiempo. Despacha en privado con el Presidente y su esposa. De esa proximidad, y de su carácter de empresario, que sabe dar órdenes y exigir que se cumplan, y de su habilidad para negociar con quien ostenta facultades semejantes a las suyas, deviene su poder. Este le sirve para ayudar a algún amigo a quien el fisco trata mal, o para que se le agilice su pago en cualquier entidad del Estado. Si Alejos habla por el Presidente, pocos funcionarios se abstienen de acatar cuanto guste ordenar.
Su poder se hizo real, se volvió concreto, cuando se convirtió en el presidente de la Comisión Legislativa de Finanzas. Antes de eso, lo suyo eran meras promesas a sus seguidores, la oferta de programas de asistencia a quienes lo necesitan. Cuando su gran adversaria se dio cuenta del poder que le había sido otorgado, luchó hasta arrancárselo. Pero el diputado Baldizón ha aprendido a cobrar otro poder no menos relevante. Es capaz de frenar cualquier proceso en el Congreso casi por el tiempo que lo desee. Así ocurrió con el Presupuesto 2010. Así podría ocurrir con el paquete fiscal. ¿Acaso eso no supone también ser poderoso?
Si a Sansón hubo de cortársele el pelo para dejarlo sin fuerza, a Mario Taracena habría que guillotinarle la lengua si alguien quisiera restarle poder. De ahí, de su capacidad para irritar, aunque también para lograr acuerdos, viene la capacidad de este diputado oficialista, llamado a resolver las mil dificultades que una bancada tan corrupta como inerte le provoca al Ejecutivo. Vehemente, mordaz, capaz de adivinar la palabra exacta para sacar de quicio a un monje budista, Mario Taracena es un parlamentario con poder.
Es el líder del partido de oposición con mayores posibilidades de suceder al Gobierno, ya sólo eso otorga cierto poder. Pero esa calidad sería insuficiente si este militar que viaja en helicóptero incluso a los municipios más cercanos a la capital (abundancia de fondos para hacer campaña, otro signo de poder), no contara con la obediencia absoluta de sus diputados. En su partido nadie le riposta y Pérez Molina hace valer esa autoridad a cada paso. Y lo notan sus seguidores y sus financistas de campaña. Sus adversarios se lo envidian.
Después del general de la mano dura, ella es la imagen más reconocida de su partido, el Patriota, ante la opinión pública. Eso mismo la hace poderosa. Pero además toma la iniciativa en muchos temas, tiene capacidad de influencia entre sus compañeros de bancada y a ella, aunque se le discute y se le adversa incluso dentro del partido, apenas se le disputa el poder que posee y ostenta.
Silenciosa, apenas habla, a menudo lo hace simplemente para repetir unos informes, fruto de su labor fiscalizadora, que solamente unos cuantos entienden. Sin embargo, si alguien sale a preguntar a cualquier ciudadano qué diputada le hace sentirse mejor representado, su nombre se repite muchas veces. ¿Que es demasiado endeble su partido para granjearle poder? Mire usted si no será poderosa. Suya fue la iniciativa de darle mayor transparencia a la elección de magistrados. Y vaya si no se lograron muchas cosas a partir de ella.
Es el jefe de jefes de los diputados que negocian. Lo suyo es sacar ventaja de cada voto que requiere el Ejecutivo para mantener en marcha su proyecto. Nomás cayó en cuenta que los antiguos miembros del Gabinete de Óscar Berger podían suponer un obstáculo para sus intereses, promovió el distanciamiento. Ya con la bancada sometida a sus designios, se ha lanzado a ofrecer apoyo al Gobierno cuando es necesario y a negarlo cuando resulta más rentable dar un no por respuesta.
No es la primera cuñada, sino la primera hermana de la nación. Ágil y habilísima negociadora, dueña de una presencia de ánimo y una salacidad menos necesarias que útiles para conseguir sus fines, fue nombrada en el puesto más oportuno para sus destrezas: sirve de enlace entre el Presidente y los alcaldes de todo el país. Ella, que en sus años mozos se ha dedicado a conseguirle préstamos, a cambio de una módica comisión, a los jefes municipales. Su poder ha llegado a tanto que en algún momento hizo sentir incómoda a la fuente de su fortuna. ¿Cuánto se han alejado en realidad Gloria y Sandra? Esa es la incógnita.
Señor indiscutido de la capital, lo es en buena medida porque es el amo absoluto de la pantalla chica. Su voz, su rubia figura y su verde vestimenta aparecen sin falta cada noche en los telenoticieros de la televisión abierta como si se trataran de información, aunque en realidad difundan propaganda solapada. Antes tuvo más poder, esa sustancia que mengua conforme pasa el tiempo, pero aún tiene el suficiente para atraer a su alrededor a muchísimos aspirantes a su favor. No logra todo lo que quiere, pero consigue bastante. Por ejemplo, que a cambio de seis votos en el Congreso, el Gobierno le financie buena parte de las obras que luego exhibe orondo.
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