Cuando Marx escribió: “Los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modos el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo”, no quiso decir que la teorización y la filosofía no sirvieran para nada ni que había que irse a la acción transformadora sin reflexionar ni teorizar. Por el contrario, el contenido de esta tesis suya es que el único sentido que pueden tener la filosofía y la teorización proviene de su utilidad práctica comprobable. Es decir, de su efectividad histórica. Pues no hay otra manera de medir su verdad ni su utilidad ni su sentido.
Para el filósofo de Tréveris, la teoría sólo cumple su cometido cuando se convierte en práctica, probando así su verdad por medio de su efectividad concreta. Una teoría que se agote en una mera coherencia verbal interna y que no sirva para transformar lo concreto, no tiene sino funciones ideológicas y metafísicas, más ligadas a la teología que a la ciencia. La filosofía, desde Marx, dejó pues de estar separada de la práctica, convirtiendo a esta en su condición de verdad, veracidad y efectividad. Lo mismo ocurrió con las teorías social, económica y política, que quedaron vinculadas para siempre con la Historia como referente del análisis, la síntesis, la hipótesis y la predicción científica.
Esta revolución del pensamiento no acaba de ser comprendida a cabalidad. Algunos suponen que Marx eleva la Historia a la categoría de poder autónomo. Nada más falso. Por eso decía: “La Historia no es ni hace nada. Quien es y hace es el hombre”. En otras palabras, nada está por encima del individuo: ni la ciencia, ni la Historia, ni la economía. Pero el sentido humano de la capacidad cerebral de teorizar lo da la Historia como actividad fehaciente de los seres pensantes, pues la meta última de la actividad humana sólo puede ser la Humanidad. De aquí la dura máxima de Sartre: “El marxismo es un humanismo”.
La actividad científica es una necesidad no sólo cognoscitiva, sino de supervivencia. El viejo Karl solía decir: “La manera como se presentan las cosas no es la manera como son. Si las cosas fueran como se presentan la ciencia entera sobraría”. En palabras de Saint Exupéry, “lo esencial es invisible a los ojos” porque la esencia de algo la constituye el conjunto de elementos que hace que ese algo sea lo que es y no otra cosa, y esto nunca es evidente. Para poder verlo con objetividad (no como el Principito) a fin de transformarlo, hay que aplicarle el método científico, cuyo criterio de verdad es la evidencia histórica y la efectividad práctica. Si no aplicáramos a lo concreto nuestra capacidad científica, seríamos como las especies que no adaptan la naturaleza a sus necesidades sino estas a las condiciones de la naturaleza. Una teoría que no redunda en la práctica transformando lo concreto es una teoría inútil. Un hombre teórico debe, pues, ser un hombre práctico: un homo politicus.
La crítica desinformada jura que la prueba de que Marx estaba equivocado radica en el descalabro socialista, lo cual equivaldría a decir que las condiciones de gravedad cero invalidan la ley general de gravedad y que por ello Newton estaba equivocado también. Se confunde lo general con lo particular, la ley con sus aplicaciones, el fenómeno con la esencia, la forma con el contenido, la lógica formal con la lógica dialéctica, la corrección formalista de los enunciados con el comportamiento de lo real.
Por eso, el socarrón Karl decía también: “La razón siempre ha existido, aunque no siempre en forma razonable”.
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