El año 2010 no está determinado a ser un año malo o bueno. Será peor o mejor, según lo hagamos. No habremos salido de la recesión económica, pero ya se podrá comenzar el inventario de los daños. Más pobreza y mayor desigualdad social. Unos pocos en la cúspide de la pirámide social habrán podido aguantar los ventarrones de estos dos años de crisis, y otros tantos habrán descendido varios escalones en los rangos de clasificación del ingreso.
Así, se estrena una nueva clase media (antes media alta), una nueva clase media baja (que inmigra desde la clase media) y una nueva, amplísima, clase pobre, que recién en los últimos cinco años había logrado cruzar la línea. Esta reclasificación temporal de los estratos sociales es una oportunidad para promover, al fin, políticas públicas orientadas a las clases medias en las zonas urbanas.
La impostergable reforma del Estado –y una de sus piedras angulares, la Ley de Servicio Civil– demanda el reclutamiento de profesionistas y técnicos. Esta reforma, a la vez, debe desencadenar el mejoramiento sustantivo de la oferta de servicios que alivien los bolsillos de esas clases medias. La apertura de líneas de crédito productivo para emprender negocios en el mercado interno y regional. Y los incentivos –becas, financiamientos parciales– para formación superior (técnica, artística, deportiva) de estos jóvenes urbanos, debería formar parte de la política estructurada hacia las sacudidas clases medias.
La inversión en las clases medias es estratégica. Son los sectores que forman la columna vertebral de la sociedad. Dan estabilidad y representan una serie de eslabones de integración para los sectores populares. Las clases medias vigorizan los mercados internos, son competitivas y aspiran a ascender, por tanto, son factor de progreso y expansión.
Durante más de dos décadas de políticas neoliberales, las clases medias fueron sacrificadas. Por esa razón su compromiso social en general es débil; han estado muy ocupadas en supervivir, anhelando los patrones de consumo de los de arriba. Han vivido en democracia, pero crispadas por la inseguridad física y material. Es otro motivo para no estar identificadas con el Estado democrático. Tampoco han sido educadas para la gestión de lo público ni han tenido chance de disfrutar su país. Todas esas son razones para apostar en los próximos años a una recuperación económica basada en un colchón a las masas empobrecidas, complementado con acceso y un ascensor funcional para las clases medias. Sin ellas es difícil pensar en un Estado y un mercado democráticos.
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