Decía Benjamín Franklin que “nunca ha habido una guerra buena, ni una paz mala”. Y el historiador antiguo griego Heródoto alertó sobre porqué la guerra es tan terrible: “en tiempos de paz los hijos entierran a los padres, pero la guerra altera este orden natural, ya que en tiempos de guerra, los padres entierran a sus hijos”. A 13 años de firmados los Acuerdos de Paz, estas frases escritas hace siglos y a miles de kilómetros de Guatemala, cobran un sentido muy concreto y profundo.
El conflicto armado fue un largo período de nuestra historia en que decidimos que la mejor forma de resolver nuestras diferencias políticas era matarnos unos a otros. Semejante insensatez tuvo raíces objetivas: la pobreza y la exclusión, el racismo y la ausencia de libertades políticas (autoritarismo). Pero también tuvo raíces subjetivas: el odio hacia el que disiente de nuestra opinión y el amor a las armas más que al prójimo. Estos 13 años de paz política nos han mostrado la sabiduría de Abraham Lincoln cuando afirmó que “la mejor manera de destruir a un enemigo es hacerse amigo de él”. No se trata de borrar discrepancias y perspectivas distintas sobre la sociedad, sino de dialogar con el que opina diferente y asumirlo como lo que es: otro ser humano igual a uno. Y por lo tanto igual en dignidad y tan respetable como aquel que sí concuerda con nuestra opinión política.
De tal manera que, a la luz de estos 13 años de paz, uno empieza a sentirse menos mal con instituciones como el Congreso. Sí, es cierto y terrible que la corrupción continúe carcomiendo la institucionalidad, pero entre los negocios de los diputados y el asesinato político a cuenta del Estado, prefiero lidiar con lo primero. Un Estado corrupto es malo, pero un Estado asesino es mucho peor.
En el mismo espíritu, reconozcamos que la paz ha traído más educación y salud, mayor acceso a la justicia (no siempre efectiva), y mayores posibilidades para que los más débiles puedan alzar su voz y ser escuchados. El camino es largo y definitivamente no estamos en el lugar donde queremos estar, pero afortunadamente estamos lejos del lugar a donde no debemos volver.
Así que alegrémonos de haber concluido el conflicto armado. Y luchemos todos los días para que nunca vuelva, cultivando la tolerancia y el diálogo con el oponente político, así como uniendo nuestra voz con aquellos que sufren exclusión e injusticias. Sólo así descubriremos la gran verdad que no pudimos ver durante décadas: que el diálogo, la justicia y la no violencia son el único camino para construir una mejor Guatemala.
Este espacio es para promover el diálogo, compartir, discutir y argumentar sobre el artículo publicado, únicamente.
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