La costumbre es sacudirnos el año viejo para dar la bienvenida al tiempo mejor, aunque en esta oportunidad la situación política se vea negra. El año 2009 fue de puras vacas flacas, de crisis económica, ingobernabilidad, desorden social; los guatemaltecos fuimos asaltados, atemorizados y espantados. ¿Y cuál será nuestro porvenir? No hace falta ser magos para proyectar un período terrible por delante, que estará agitado por la ambición de unos pocos, la insatisfacción de la clase media y la debilidad de la mayoría popular. El presidente Álvaro Colom no lo es de todos, decidió serlo de la gente que vive en las áreas rurales en condiciones infrahumanas, reproduciéndose sin control, imposibilitados al progreso, y de los poderosos. Su estrategia consiste en dejar ganar a unos cuantos y repartir caridad entre los más pobres, que sólo pueden recibir y no aportan mayor cosa al colectivo porque no han recibido educación ni salud ni reconocimiento.
Las clases alta y baja son las rodajas del pan que aprietan en el centro como salchichón a la clase media urbana, la desamparada y olvidada. La clase popular no tiene recursos y son multitud, manipulables y necesitados, pero cuentan en las urnas poderosamente. La clase alta son pocos, pero tienen el poder económico que mueve al mundo. Y las capas medias, subiendo o bajando, son quienes trabajan y activan el consumo. Producen y se endeudan, gastan en el supermercado, tienen vehículo y pagan casa o renta, estudian, se aferran a las universidades como medio para prosperar, se esfuerzan y disfrutan, necesitan descanso, viajar, brindar, y son quienes sufragan involuntariamente los planes sociales del Gobierno. Y está bien que así suceda, siempre y cuando también recibieran algún beneficio, porque el egoísmo es natural en los seres humanos, y nadie quiere dar lo que le falta a cambio de nada. La clase media urbana espera congruencia, dar pero también recibir, necesita seguridad y mejores condiciones de vida. Y están disgustados con el Gobierno porque quitó presupuesto a Seguridad, Educación y Salud, y nos endeudó para regalar pompas de jabón. El nuevo año se pronostica lleno de inconformismo en las ciudades, o como me dijo un compañero de colegio a quien me encontré en el mercado frente a un puesto de fruta: “en este país todo es para quienes están muy mal o muy bien, y para nosotros sólo queda la esperanza de una revolución”. Es curioso, ahora la revolución ya no se plantea para ayudar a los pobres, sino para reivindicar a la clase media. Mi pronóstico para 2010 es la constante concurrencia de manifestaciones, cansancio cívico ante la ausencia de castigo a los ideólogos del caso Rosenberg, desaliento social y aprovechamiento de los políticos para empezar a darse a conocer y ganarse a la clase media urbana, mientras campea la inseguridad en las calles y los narcos se enriquecen vendiendo ilusiones fallidas a los insatisfechos.
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