Cada año que pasa, la diáspora de los garinagu se intensifca. Los jóvenes, tanto varones como mujeres, se desplazan hacia Nueva York, en donde hay una comunidad muy grande de expatriados, provenientes tanto de Belice y Honduras, como de Nicaragua y Livingston. Cada año, el Livingston de los garinagu va cambiando su rostro y aislando aún más a sus pobladores originarios.
De acuerdo con un documento preparado por Alfonso Arrivillaga Cortés para Codisra (2009), la población garífuna de Livingston se sitúa hoy alrededor de los 3 mil habitantes, la inmensa mayoría de ellos en el casco urbano.
Basta darle un vistazo a los negocios existentes en Livingston para darse cuenta del gran desplazamiento económico y social que han experimentado los garinagu. Los hoteles y pensiones están en manos, fundamentalmente, de gente de la capital, de Puerto Barrios o de extranjeros. El comercio al menudeo registra un aumento cada vez más visible de k’iche’s. Procedentes en gran medida de Momostenango, los k’iche’s son propietarios de la mayoría de tiendas de tamaño mediano a grande. En la calle principal, apenas un almacén es administrado por un garífuna. La pesca artesanal se ha convertido en una actividad marginal, debido a la depredación que realizan pesqueros comerciales.
A la migración de los k’iche’s debe sumarse también la de los q’eqchi’s, quienes son el 48 por ciento de la población, es decir, el grupo étnico más grande en Livingston (Oficina Municipal de Planificación (OMP) de Livingston). Las relaciones entre q’eqchi’s y garinagu no han sido precisamente buenas. Los garinagu sufren, en este sentido, una doble discriminación, no solamente de parte de los ladinos, que continúan viéndolos como personajes exóticos, sino también de no pocos de los integrantes de los grupos mayas.
Para empeorar el cuadro, el sida se ha cebado en los garinagu. A Livingston retornan jóvenes que han sido infectados en Estados Unidos, a ser cuidados por sus familiares. Pero también hay unos casos que se han producido en el municipio. La condición de población costera, la afluencia del turismo y la cercanía a Puerto Barrios, ha incidido en el problema, que por la estigmatización que genera, parece estar subregistrado en las estadísticas de salud.
Entonces, en Livingston ya los hogares no los encabezan varones ni mujeres jóvenes, sino mujeres de la tercera edad quienes están a cargo de sus nietos. Aunque la llegada de remesas ha representado que algunas familias puedan mejorar sus viviendas, no es aventurado decir que la mayoría de los pobres se concentra entre los garinagu, para quienes no existen fuentes de trabajo decorosas en Livingston.
El resultado es un Livingston diferente, con una composición demográfica en donde sus pobladores originarios no llegan ni al 7 por ciento del total de la población. Y en donde, como sucede en el resto del país, son los pobladores originarios quienes padecen exclusión, discriminación y pobreza. Este es el Livingston del siglo XXI: posgarinagu.
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