Dame luz, Señor, para comprender y aprender; otórgame inteligencia, prudencia y sabiduría para entender tus designios, discernir y decidir correctamente, dándole el sentido que Tú quieres a mi vida.
Dame fuerza de voluntad, Señor, para hacer lo que debo hacer, sin postergaciones ni pérdidas de tiempo, aprovechando al máximo cada instante de mi vida para poder ser cada día más y mejor.
Dame paz interior, a mi espíritu, Señor, para tomar con tranquilidad tus derroteros y designios, aceptando tu voluntad con profunda humildad, y todo lo que en tu inmensa misericordia dispongas conmigo o para mí.
Dame amor, Señor, para amar a mis semejantes, sin distinción alguna, viéndote a ti en cada persona que conozco; y amar y respetar a todas tus creaturas y obras, reflejo de tu inmenso poder y omnipresencia.
Dame felicidad, Señor, para vivir feliz y alegre, tal como soy, con lo que soy y con lo que tengo, agradeciéndote por tu infinita bondad, por todos los dones, talentos, oportunidades y beneficios que, sin merecerlo, me has otorgado.
Al empezar este año me he atrevido a compartir con mis lectores la oración anterior, que durante años he elevado al cielo. Sin importar nuestras creencias ni la forma que demos a Dios en nuestra mente y en nuestro corazón, alzar la vista al cielo, pedir y agradecer, son acciones compartidas por todas las religiones.
Hoy no escribo sobre economía, ni sobre finanzas, menos sobre política o sobre los enormes desafíos que afronta cotidianamente la mayoría de guatemaltecos para sobrevivir, debatiéndose entre la pobreza y extrema pobreza, con ingresos de subsistencia y con pocas oportunidades de mejorar y alcanzar el bienestar.
Ni siquiera señalo (incluyéndome) a quienes pudiendo hacer más por cambiar la situación económica y social de Guatemala, ya sea desde los puestos de Gobierno, desde la empresa privada, desde los partidos políticos, desde los movimientos sociales, desde los sindicatos, desde la academia o desde el púlpito del cura o del pastor, no estamos haciendo el esfuerzo necesario para soñar, visualizar y acordar un mejor país.
Tampoco acuso (incluyéndome) por el tiempo perdido en discusiones e inculpaciones mutuas, estériles, destructivas y desgastantes, que sólo contribuyen a postergar decisiones y siguen reduciendo las posibilidades de creación de oportunidades de desarrollo, empleo, bienestar y paz para la mayoría de connacionales.
En esta ocasión, con el perdón de usted, amable lector, únicamente le comparto esta oración. Si quiere, hágala suya.
Este espacio es para promover el diálogo, compartir, discutir y argumentar sobre el artículo publicado, únicamente.
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