Mediodía del miércoles 15 de junio, año 2005. La plebe laboriosa empieza ya a proyectar su imaginación en la hora del almuerzo que, de a pocos, tic-tac, tic-tac, por fortuna se aproxima cada vez más. (No obstante, sea por inercia, sea por resuelta convicción, sea por punzante necesidad, la plebe sigue trabajando).
En la piscina de una vieja pero holgada casona de la zona dos flota el cuerpo de un hombre. Hasta hace algunos instantes nadaba plácido, ajeno a las tensiones de este mundo. Ahora yace muerto, mucho más ajeno aún.
Se trata de Rodrigo Asturias, alias Gaspar Ilom, ex comandante en jefe de la ORPA y miembro del comité ejecutivo nacional de la URNG. Fallecía, según comunicado del partido, “realizando su diaria e infatigable labor”. Dejó de respirar, según el parte médico, debido a un paro cardíaco. Fumaba, según yo, demasiado tabaco. Me consta.
Dejando de lado el vaho de aterciopelada suntuosidad emanado de aquel trágico desenlace (más cercano al de una estrella de rock tipo Brian Jones que al de un revolucionario militante de guerrillas comprometido con la causa y supuestamente sacrificado por ella), nueve años atrás el recién finado había sido protagonista de un escándalo que socavó drásticamente la credibilidad del llamado “proceso de paz” al poner en evidencia que en su seno se cocinaba –¡pero qué raro!– la estafa política, la componenda de cúpulas de poder y la impunidad.
Tras el rapto de Olga de Novella, la desaparición del famoso Mincho destapó los contubernios entre Ejército y guerrilla, que incluían repartirse parte de la ayuda ofrecida por la cooperación internacional (dos mil millones de dólares), encubrir los crímenes de guerra sucia y realizar tres secuestros para asegurar el retiro de la comandancia de las FAR, del EGP y de la ORPA.
¿Qué talito?
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