En 1880, el neurólogo George Miller Beard identificó la neurastenia como la falta de fuerza nerviosa, y la llamó la enfermedad de la época. La neurastenia incluía una sorprendente lista de síntomas entre los que se encuentran insomnio, temor a la responsabilidad, temor a la sociedad, temor a los lugares abiertos, a los lugares cerrados, temor a la contaminación, temor al temor, desesperanza, incapacidad para decidir, etcétera. Síntomas todos que contribuyen a “la parálisis de la voluntad”. La enfermedad identificada por Miller Beard no era sino la versión extrema de un problema cultural; una total incapacidad para reaccionar.
Parecería que la sociedad guatemalteca ha desarrollado “parálisis de la voluntad”. A lo mejor y lo que solíamos llamar la apatía del guatemalteco ha empeorado. Las señales son evidentes, los acontecimientos se suceden uno a otro en el orden previsto y sin embargo los guatemaltecos no reaccionamos. Basta ver que los regímenes totalitarios han tomado las medidas que ahora vemos suceder en nuestro entorno. Países como Cuba, y últimamente Venezuela, comenzaron de la misma manera. Se dedican de lleno a dos actividades: de primero encaminan el gasto público a atender necesidades de alguno de los grupos vulnerables del país y luego se dedican a publicitar esos hechos con un gasto tan grande como obsceno, que llega a superar el propio gasto caritativo. Como si fuera poco, se dedican a promover la división de la sociedad incentivando el odio de “pobres contra ricos” para tratar de frenar cualquier reacción apelando al temor. Si a eso se puede sumar la provocación de algunos disturbios públicos masivos, mucho mejor. Las manifestaciones de las turbas asustan al ciudadano común, y eso lo mantiene recluido en su casa. Si triunfan en esas primeras dos etapas, proseguirán con el debilitamiento de las instituciones y se darán a la tarea de socavar el Estado de derecho. ¿Cuál es el fin que buscan? La destrucción de todas las formas de resistencia, a fin de perpetuarse en el poder. Antes, como una simple tiranía. Al comandante Castro le bastó siempre que le llamaran comandante. En épocas más modernas, el presidente Chávez no se conforma con nada menos que eso, ser el Presidente (vitalicio) de su país. Pero mientras estas cosas suceden en Centroamérica y aun en nuestro país, los guatemaltecos no lo vemos, no lo discutimos, no reaccionamos y damos muestras de padecer de “parálisis de la voluntad”.
*Dirigente político de partido VIVA.
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