Si tuviera que mencionar cuál fue el acontecimiento que más me mortificó del año que acaba de terminar, escogería la tragedia del lago de Atitlán. No sé si la razón es mi amor a ese lugar, o fue simplemente que me pareció una metáfora espeluznante. Al igual que el lago, nuestro país ha venido sufriendo un serio caso de contaminación. La pesadilla es que, así como pasó en Atitlán, repentinamente toda la porquería que canalizamos se materialice en algo monstruoso, inimaginable, como la cianobacteria.
El año que empieza debería consolidarse con un impulso más definido de los guatemaltecos por hacer una diferencia. No cultivar por más tiempo ese ánimo nuestro tan proclive a la resignación. No más la pasividad y la indiferencia tan mezquinas. No más un egoísmo tan acendrado que cae en la estupidez.
El año recién pasado, el horrendo asesinato de Rodrigo Rosenberg encendió un despunte de protestas. Para muchos el asunto no fue más que una llamarada de tusas, pero recordemos que fue a partir de ese acontecimiento que se abrió la posibilidad de controlar la corrupción de la elección de magistrados de la Corte Suprema y de Apelaciones. Ese fue, quizá, el más claro ejercicio que tuvo la sociedad civil para ejercer presión en contra de la marea oscura que maneja los hilos de poder espurio en el país.
Este año la sociedad guatemalteca tiene que continuar con ese empuje, pues tendrá muchos retos que afrontar. Para empezar se avistan elecciones fundamentales: Fiscal General, Contralor General de la Nación, magistrados de la Corte de Constitucionalidad. No podemos darnos el lujo de dejar baldíos ninguno de esos espacios.
Luego, no podemos seguir impasibles observando cómo se destruyen nuestros recursos naturales, se depreda nuestra riqueza y se pierden oportunidades de desarrollo sin intervenir. Las razones por las cuales sucedió la tragedia de Atitlán pasan primordialmente por esa actitud nuestra de permitir todos los abusos y las necedades sin meternos.
Ciertamente una enorme responsabilidad pesa sobre los hombros del Gobierno. Toda sociedad necesita un liderazgo y, cada cuatro años, se elige a quienes lo ejercerán desde la cúpula del poder político. Pero la razón por la cual nuestros funcionarios hacen lo que se les viene en gana, son corruptos con entera impunidad e incumplen con sus funciones con aberrante negligencia, es porque nosotros los ciudadanos no reclamamos el poder que nos corresponde.
Según la numerología el número 10 implica un cierre de ciclo y también un nuevo inicio. Pensemos entonces en 2010 como el inicio de una ciudadanía guatemalteca interesada en el destino de nuestra nación. Involucrémonos en cualquier espacio posible para empujar los trascendentes cambios que el país necesita. Dejemos de ser un bocado fácil de tragar.
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