De conducir una camioneta Gustavo Pineda pasó a dirigir una empresa familiar que provee de trabajo a 2 centenares de personas.
Testigo de la transformación del servicio de transporte urbano y considerado un líder entre los pilotos agremiados, Gustavo Pineda Alvarado murió el 10 de diciembre a causa de un derrame cerebral. Tenía 68 años.
Pineda Alvarado fue socio fundador de la Empresa Guatemalteca Aliada (EGA), que el 31 de octubre de 1974 se constituyó como Cooperativa de Transportistas Urbanos EGA R.L., la dirigió en 1978, 1979, 1983 y 1984. Desde 1989 decidió no aceptar tal dirección: “Es mejor darles la oportunidad a los socios jóvenes”, comentó.
Luis Gómez, vicepresidente de la Asociación de Empresas de Transporte Urbano (AETU), conoció a Gustavo en la última etapa de su vida: “Hizo aportes importantes para el mejoramiento del servicio”, dijo.
Sin recursos ni fórmulas secretas, Gustavo se apretó el cinturón hasta el último agujero, y lo que para muchos parecía un acto de tacañería, para él era su disciplina de ahorro que visualizó un sueño que se convirtió en un exitoso negocio familiar.
Ese mismo sueño hoy da empleo a más de dos centenares de guatemaltecos, tanto en el servicio de transporte como en la venta de repuestos, el legado familiar de Pineda Alvarado trasciende fronteras con actividades comerciales en México, El Salvador y Nicaragua, sus parientes son discretos en cuanto al tema.
Menor de 12 hijos, Gustavo nació en la aldea Suacite, San Juan Sacatepéquez, el 8 de junio de 1941. Su padre falleció cuando él aprendía a andar, por lo que desde los 10 años trabajó acomodando los bultos y paquetes en las parrillas de los buses y camiones con destino a la capital. Dos años más tarde emigró a la costa sur para trabajar en una finca azucarera.
Pocos meses después, Gustavo dejó ese trabajo y vino a la capital para laborar como ayudante de mecánica en un taller de la zona 3. Y le gustó: “Es que en esto sí aprendo”, decía.
Con la ilusión de conducir una unidad y administrar bien los ingresos, Pineda Alvarado estudió en la escuela nocturna que abandonó cuando aprendió a hacer sumas y restas.
El primer autobús que manejó fue una inversión mitad y mitad entre Gustavo y un familiar. Eran otros tiempos, aún no se inventaban los pasamanos que justifican una supuesta fila en medio, ni los asientos de donde van dos caben tres. La ruta a cubrir era de la 18 calle al Hipódromo del Norte, se cobraban cinco centavos.
Aun siendo un piloto poco experimentado, con tercero primaria y 21 años recién cumplidos, los dueños de los 27 buses de EGA lo eligieron como su director. Ahora como Cooperativa EGA, la empresa registra 272 unidades.
En julio de 1976, Gustavo llegó a su casa con heridas serias. Semanas antes, una radiopatrulla había chocado una de sus dos camionetas, a inmediaciones del Cerrito del Carmen, él había presentado la denuncia, la golpiza lo persuadió para retirarla.
Prestó dinero para pagar una nueva patrulla al contado, como se lo exigieron el día que lo lastimaron, entonces hizo planes para irse a Estados Unidos y pagar la deuda. No se fue y cumplió con el pago.
“El trabajo de Gustavo es un ejemplo a imitar, siempre se condujo con honestidad y responsabilidad”, dijo Rudy Lima, director de la cooperativa. “Hacía hincapié en el mantenimiento de las unidades para mejorar su rendimiento y garantizar un mejor servicio, con cosas como esa hicieron de esta cooperativa la más grande del país”, agregó.
Pineda Alvarado le daba su visto bueno al próximo servicio prepago. La violencia que ahora aqueja al transporte urbano, hacía de su labor una actividad angustiosa: “Tengo la esperanza de que esto se componga”, acotaba.
Casi una decena de sus pilotos fueron asesinados los últimos dos años. “Los pilotos viejos se están retirando o si tienen la oportunidad, se dedican a manejar buses escolares, taxis o transporte de carga, ahora algunos otros no inspiran mucha confianza”, opinó uno de sus hijos.
Contrajo matrimonio con Julia Cristina López en junio de 1966, tan solo un mes después de que ella abordó su autobús y le canceló los 15 centavos del entonces precio del pasaje, el flechazo se consumó a través del retrovisor, sólo su partida los separó.
Juntos procrearon cuatro hijos: Gustavo, Ricardo, Juan Pablo y Natalia; todos profesionales, tres de ellos siguen con el legado de Pineda Alvarado, a todos les regaló un bus con el que iniciaron su propia historia.
Nunca se retiró, sus últimos días madrugó al predio para verificar el estado de sus buses y sentarse a trazar planas de óvalos en la parte trasera de los calendarios viejos, todo hasta que su vida se lo permitió.
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